lunes, 23 de febrero de 2009

¿Seremos capaces?

Para ahuyentar los fantasmas de la soledad, gritó tu nombre.
Cerca del final, cuando tú te vas, y él es sólo un hombre...

Quiere más de lo qué le dan.
No soporta esta levedad.
Voy a fumarme la ciudad...
lo que sobre lo podéis tirar...
no necesito nada más...
sólo papel y con que firmar...

Volver a empezar, volver a gritar, quedan cosas que contar, de dónde vienen, a dónde van, qué quisieron... si volverán.

La guerra no tiene nombre... es la vergüenza de todos los hombres.
Mi abuelo mira con perplejidad, ¿seremos iguales?
IGUAL DE ANORMALES

La santa patria es una patraña para los cobardes.
La gente sana distingue la fe de opiniones no distingue tus colores.

Quiero más de lo que me dan.
No soporto esta soledad
Voy a fumarme la ciudad...
mi abuelo llora y es verdad
lucho por todos y nadie le va a recordar
y a tí a mí nos dió igual... qué va!

Volver a empezar, volver a gritar, quedan cosas que denunciar. Agitar sin parar ese mástil sin bandera
que es la dignidad, que nos hace libres... no somos peces en ningún corral... Mi abuelo mira con perplejidad, ¿seremos capaces? De volver a
empezar, volver a gritar, quedan cosas que contar, de dónde vienen, a dónde van, por qué lo hicieron o si volverán...

La guerra es algo infame... mató todos nuestros corazones. Mi abuelo mira con perplejidad seremos iguales...
IGUAL DE ANORMALES...

Esta es la letra de una canción de un grupo sin recorrido, presente ni futuro. Tampoco pasado.

martes, 10 de febrero de 2009

Tierra (II)

Llevaba un par de horas bajo el omnipresente sol observando aquel extraño animal. En un principio pensó que se trataba de un ave de esas atrofiadas que no podían volar, tan típicas de Australia. Pero la imposibilidad geográfica y el hecho de que el animal se hubiese puesto a cantar le hicieron desechar la idea. No conocía ningún animal que cantase ópera clásica. Aida en concreto. Y eso mientras cavaba de forma diligente en el suelo.
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Era el primer ser animado que veía desde hacía días. Había aparecido cuando la luz del sol y el calor se habían vuelto insoportables para seguir durmiendo. Con un andar patoso y bamboleante, había pasado delante suya sin inmutarse. Herido en su antropocentrismo, lo miró desafiante. Cuando vio que el animal se paraba 20 metros más adelante se acercó, todavía desafiante, para ver qué hacía. Entonces la cosa aquella comenzó a cantar.
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Había escuchado interpretaciones de Aida más virtuosas. Es bastante probable que Verdi no la hubiese compuesto para cantarla a través de un pico que funcionaba simultáneamente de excavadora, pero lo cierto es que estaba muy logrado. Aunque había tardado en darse cuenta de lo que estaba escuchando, no se mostró excesivamente asombrado. Él llevaba andando sin parar desde aquel lejano día en el que había abandonado la piscina y el reino de los hombres. Y sin aparente necesidad de probar bocado -aunque había bebido algunas gotas de lluvia-.
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Lo que realmente le planteó un problema era qué hacer ante tan inesperada visita. Cualquier tipo, mejor preparado que él para situaciones raras, lo habría cazado, asado en un fuego y se lo habría comido. Incluso se habría hecho una chaqueta con sus plumas, escamas o lo que llevara encima aquel bicho. Él, lamentablemente, carecía de destrezas básicas para cazar, así como la conocimientos para hacer un fuego. Además, su atildada educación de colegio de curas le decía que lo más adecuado con algo que cantaba opera era ser cortés. Se decantó por un "¿qué tal?" que no obtuvo respuesta. El bicho siguió cantando y él continuó observándolo absorto.

Ingeniería emocional (I)

El inspector Abraham Galés miró la habitación. El laboratorio de Ingeniería Emocional de la Universidad de Utumno era un lugar polvoriento y oscuro, alumbrado de manera ocasional por los flashes de la policía científica. Sospechaba la razón por la qué habían enviado a su equipo a investigar el caso de Mario Lombart. Desde el centro académico afirmaban que se trataba de un desgraciado accidente debido al estrés y el ritmo de vida de Lombart. Pero eso sólo era un detalle sin importancia. En aquel escenario había muchas cosas que no cuadraban.
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En primer lugar el hecho de que en el minúsculo laboratorio hubiese cuatro personas de la policía científica buscando huellas, sacando fotos y llenando todo cartelitos y manchas de polvo de detección de huellas. En segundo lugar, la presencia de miembros de Seguridad Nacional con pesados abrigos grises y miradas vacías que rondaban por allí supervisando todo el trabajo. Y en tercer lugar, y no por eso menos importante, la total ausencia de hechos investigables. Antes de la llegada de la policía habían desaparecido ordenadores y otros objetos del escenario.
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Galés no era un gran policía. Lo sabía con certeza meridiana. Sin embargo parecía ser el único que se había percatado de los cables sueltos y las huellas que habían dejado varios objetos en el polvo de las mesas de proyectos. Desde aquel instante supo que estaban allí para representar una investigación, como los "abrigos grises" y la científica.
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-Abraham, nada de nada- le corroboró una voz a su espalda. Era el subinspector Juan Nadie, un hombre bajito y rubio con un gran bigote. Sus pantalones vaqueros de pitillo y su gastada cazadora marrón le daban un toque callejero que inspiraba cierto desagrado. De hábitos nocturnos y vicios inconfesables, la única persona que se fiaba del personaje era Abraham Galés.
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-De acuerdo Juan. Ve a buscar a Ghusa y volvamos a la central.
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El subinspector Ghusa Bateu era el hijo de un japonés millonario y una prostituta de Utumno. Serio y diligente, era el agente más prometedor del equipo de Galés, aunque su carácter era difícil. Muy difícil. Hacía un par de semanas había detenido e interrogado a un menor para solucionar un caso. En el expediente de Asuntos Internos en vez de "interrogatorio" ponía "tortura". Cuando Galés le informó de la sanción no hizo ningún comentario, acató la decisión y pagó la multa. El niño y su familia, por otro lado, se mudaron a una ciudad vecina un par de días después. El aseguró no haber tenido nada que ver.
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Ghusa Bateu miraba pensativo por la ventanilla del coche de vuelta a la central mientras escuchaba a Nadie quejarse de los problemas del embrague del automóvil. Galés, que resoplaba mientras jugaba con su móvil en el asiento de atrás, había pedido cambiar de transporte debido a los achaques del vehículo. Había sido hacía un par de años y parecía que nadie se acordaba. Nadie tomaba muy en serio a la Unidad de Crímenes Improbables.
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La "Unidad" había sido montada por el Cuerpo de Policía de Utumno para desatenderse de los casos "problemáticos". O sea, los casos que requerían un archivo rápido y conclusiones insatisfactorias. Salvo el tesón y la juventud de Ghusa, Galés y Nadie encajaban perfectamente en el perfil. Eran tipos raros que se encontraban en el bando policial por inconsistencias del destino. En el caso de Nadie esto último incluso era dudoso. En el caso de Galés era especial.
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Abraham Galés era hijo de un ingeniero judío y una madre de alquiler de la cual desconocía todo. Había sido educado por su padre, sin haber pisado jamás una escuela. Lector de libros empedernido, adicto a los videojuegos y a las series de televisión, siempre quiso ser inspector de policía. Tras cursar una ingeniería -sin pisar la facultad y en menos de tres años- entró en la academia de policía. Allí pronto se hicieron evidentes sus escasas habilidades sociales, además de una fatal puntería.
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Tras varios intentos por parte de sus instructores de evitar que completara su formación, la fortuna quiso que su puntería se afinara el último año de manera milagrosa. Lo que nadie sabía era la adicción que arrastraría a partir de entonces. Sólo él y un joven recluta de entonces, apodado Doni Nadie, sabía de unas "pastillas mágicas" que ayudaban a su capacidad de concentración. Tras un periodo de prueba en la Unidad de Estupefacientes y Narcóticos, pasó a Tráfico y luego a la Guardia Urbana. En todos aquellos destinos no obtuvo ni una sola detención, ni un sólo caso resuelto.
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Ahora había vuelto a coincidir con Doni Nadie en la Unidad de Crímenes Improbables, y la cosa marchaba bien. Milagrosamente habían cerrado más casos durante 5 años ahí que en toda su carrera. Muchos de ellos eran gracias a Ghusa Bateu, que había llegado a la Unidad para vigilar los desmanes de Galés y Nadie. Ahora el inspector y el subinspector tenían que vigilar a Bateu la mayoría de las veces.
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Y es que, salvo el accidente de hacía un par de semanas con el chico aquel, las cosas les sonreían. Desde el comienzo del año 2 casos habían sido resueltos con solvencia, y otra docena habían resultado improbables: esto es, no había caso. Posiblemente el tema de Mario Lombart, tras la "investigación oficial", quedase archivado como improbable. Así lo deseaban Nadie y Galés, acostumbrados a esos chanchullos. Pero Ghusa Bateu hizo la pregunta.
-Inspector Galés, ¿dónde están las cosas que faltaban del escenario del crimen?- preguntó mientras continuaba mirando por la ventanilla del coche.
-¿Cómo voy a saberlo Ghusa? Estarán en algún almacén, se las habrán llevado a mantenimiento, yo qué se...- contestó Galés airado mientras intentaba volver a concentrarse en su juego.
-Deberíamos preguntar, ¿no cree?- Replicó el subinspector.
-Cómo... ¿a quién? Serán cosas de la universidad, irrelevantes para la investigación. Igual los tienen ya en la Científica o los de Seguridad Nacional- contestó duditativo Galés.
-¿Seguridad Nacional? Tú has visto muchas pelis chaval...- Aportó Nadie demostrando sus dotes de observación.
-Yo he hecho algunas preguntas...- continuó Bateu.
-No me jodas... ¿era un estudiante?- comenzó Nadie, que peleaba con el embrague.
-Cállate Nadie... ¿Qué y a quién has preguntado?- Galés no miraba el móvil que emitía pequeños sonidos de derrota.
-Oh, a nadie, no se preocupe Inspector. Pero tengo la dirección en donde se encuentran los objetos sustraídos- dijo el subinspector sin dejar de mirar por la ventanilla.
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Abraham Galés vio la cara sonriente de rasgos orientales de Bateu en el reflejo del cristal. Posiblemente ahora deberían ir a algún sitio en el que abundarían las pruebas. Prefirió no preguntar cómo había obtenido la información, sería lo mejor. Tras examinar la dirección que le pasó el subinspector, se la pasó a Nadie para que la introdujera en el Navegador, el gps de la policía. Nadie soltó un taco. En la pantalla parpadeaba un mensaje:
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"Match not found"

martes, 3 de febrero de 2009

Ingeniería emocional

Sentado sobre una silla azul miraba encorvado la pantalla del ordenador. A su lado el Prototipo palpitaba lentamente. Un zumbido constante salía del ventilador situado sobre la mesa de proyectos. Con el gesto cansado, la cabeza sobre su mano, suspiró lentamente. Sentía la vibración del ordenador, de la mesa, del mundo. Con un largo bostezo pulso intro y pestañeó lentamente. Giró su dolorido cuello y miró alrededor. Estaba solo en el laboratorio.
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Mientras hordas y más hordas de números asaltaban la pantalla de la computadora se incorporó lentamente. Su bata blanca, arrugada y sucia, olía a café barato y sudor. Se quitó las gafas y se frotó cansadamente las marcas de la nariz. Volvió a girar su cuello, añadiendo el ruido de sus tabas al del ventilador. Durante unos instantes se sintió mareado, sin poder enfocar la mirada. Cuando lo consiguió, el Prototipo palpitaba lentamente delante de sus pupilas. Se frotó los ojos, la cara y el cuello. Con cuidado desconectó el cable que le unía a la maquina y se marchó.
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Los pasillos de la universidad estaban plagados de silencio y polvo. Entró en su diminuto despacho y se quitó la bata. Buscó su reflejo en el cristal de la ventana, pero ésta le devolvió una imagen del atardecer pixelado. Se pusó la chaqueta y se conectó al sistema de confort de la misma. Una imperceptible vibración dejó la chaqueta planchada y adaptada a su fisonomía. Estornudó violentamente y se limpió la mano en la bata, que reposaba sucia sobre la silla. Volvió a buscarse en la ventana. Anochecía.
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Salió de la universidad y entró en su coche. La calle estaba desierta, mientras las primeras farolas parpadeaban a la oscuridad de la noche. Se conectó al navegador y fijó en la pantalla del gps las coordenadas. El asiento se adaptó para darle confort y empezó a sonar una música relajante. En la pantalla frontal empezaron a salir noticias, programas de televisión y juegos de diversa índole. Mientras el coche se deslizaba por la carretera del campus, seleccionó con la mirada una noticia de un periódico local.
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"Un profesor es encontrado en coma profundo en un laboratorio de la Universidad de Utumno. El profesor doctor Mario Lombart fue encontrado por uno de sus ayudantes en estado catatónico en su laboratorio de la Universidad de Utumno. Al parecer había estado trabajando toda la noche en un proyecto del departamento de Ingeniería Emocional. Tras varias paradas cardíacas los sanitarios del centro consiguieron estabilizar sus constantes vitales, hasta que un ataque general del sistema nervioso le indujo un coma profundo. Las autoridades sanitarias creen muy probable que el cerebro se haye extremadamente dañado.
Aunque desde el centro académico han afirmado que se trata de un desagradable acontecimiento natural, la policía de Utumno ha abierto una investigación para esclarecer los hechos. Al parecer en el mismo laboratorio donde el profesor Lombart padeció su ataque se encontraron elementos orgánicos y mecánicos de orígen por determinar. También fuentes extraoficiales han comentado que el profesor tenía "cables" y "extraños agujeros" sobresaliendo de la bata, pero esto no se ha podido corroborar.
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La comunidad educativa está conmocionada..."
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Mario Lombart perdió su mirada fuera de la ventanilla del coche. La noche cada vez era más oscura y la carretera se perdía entre los árboles del campus. Justo antes de dejar atrás el tramo alumbrado por las somnolientas farolas sonó el teléfono móvil del profesor dentro del bolsillo de su chaqueta. Era un número desconocido. Lombart miró al frente y sonrió.
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- ¿Diga?
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El coche desapareció en las sombras del bosque.