domingo, 3 de abril de 2016

Buitre


La etérea luz del sol se bañaba de verdes y marrones, inmersa en la espesura del bosque. Él caminaba sin rumbo fijo, con la mirada fija en el suelo para no tropezar con las raíces y las piedras, y procurando no resbalar con el barro. Descendía por un pequeño barranco donde las plantas trepadoras zigzagueaban entre las paredes de roca y tierra y los árboles. La primavera palpitaba e inundaba todo de pequeños brotes y flores que se multiplicaban como las estrellas en el firmamento. Azules silvestres, amarillos polinizadores, blancos frágiles y puros. La fragancia húmeda de las últimas lluvias impregnaba todo y hacía que el cabello del caminante se mojara con las caricias del musgo colgante y las ramas bajas.

Al fondo del barranco encontró un pequeño estanque de agua en el que danzaban dando vueltas pequeñas hojas de haya entre restos de corteza y ramitas. También se bañaban distraídos los zapateros en la superficie, ajenos al trino de los pájaros que reverberaba en las copas de los árboles a lo lejos. En las profundidades, los renacuajos jugaban a lo que jugaban antes los niños, al escondite, provocando de vez en cuando ondas en el espejo transparente de la charca. 

El caminante hizo un alto y se quitó la mochila. Aunque la luz lo bañaba todo, allí reinaba una penumbra que respetaba el súbito silencio que siguió a la llegada del forastero. Los pájaros habían trasladado sus cantos a zonas más luminosas, dejando reinar al suave susurro de la corriente de agua que alimentaba el estanque. El hombre se sentó en una piedra plana que había cerca del agua y sacó un plátano, aunque tras un instante de reflexión, volvió a meterlo en la mochila. No tenía hambre, no tenía ninguna necesidad más allá de estar allí sentado. Inhaló el perfume de la tierra mojada con fuerza, y relajó sus piernas acercándolas al agua. 

En ese instante se fijó en una flor blanca que parecía flotar delicada sobre el agua a unos centímetros de sus toscas botas de monte. Y lo que resultó más inquietante, la flor le devolvió la mirada. Es una de esas cosas que nos pasan más a menudo de lo que creemos, pero que no llegamos a interiorizar por nuestra ceguera selectiva. Sin embargo, en aquel rincón olvidado del bosque, él sintió, y no lo pudo evitar, como le observaban con curiosidad. Súbitamente, la flor alzó el vuelo y pareció alejarse. El caminante pensó que se trataría de algún insecto, de una libélula concretamente, cuyo aspecto tan llamativo había generado esa sensación.

La flor-libélula alzó su vuelo rozando los furtivos rayos de luz que conseguían llegar hasta la charca y acarició con dulzura unos lirios azules que se desperezaban al otro lado del estanque. El hombre no pudo evitar seguir su trayectoria con el rabillo del ojo, aunque lo que realmente le apetecía era cerrar los ojos y diluirse con el ritmo del bosque. Finalmente perdió de vista al curioso insecto y se relajó con los ojos cerrados. Se zambulló en el ruidoso silencio del bosque, y su piel respiró con él los sutiles aromas que inundaban cada rincón del bosque. Podía sentir una leve brisa, el trino lejano de los pájaros, el rítmico baile que se desarrollaba en el agua y el aire. Oyó como los capullos luchaban por convertirse en flor y el crecimiento de las enredaderas a su espalda.

Algo se posó entonces sobre su rodilla derecha con la sutileza de un rayo de luna. Abrió los ojos y vio aquel extraño insecto-flor posado con infinita elegancia, observándole con curiosidad. No podía verlo con nitidez, pero habría jurado que se estaba frotando dos de sus diminutas patas. Sin moverse, y guiñando los ojos para enfocar, se preguntó en alto "¿qué eres?". Y la flor, o el insecto, contestó "dirás quién soy, porque lo que está claro es que no soy un qué". 

Cuando pasa algo imprevisto solemos reaccionar, y a veces damos un respingo. Sin embargo eso significa que nuestro cerebro tiene una respuesta para ese tipo de amenaza, y nuestro hombre no la tenía para este caso. Por eso no hizo nada y se quedó mirando aquella criatura que ahora parecía, definitivamente, sentada sobre su rodilla. "Eeeee..." logró decir tras un rato. "EEEEEH" se burló la vocecilla,  "¿a ti te gustaría que yo te preguntara a ver qué eres?". No sólo estaba sentada, sino que además parecía ligeramente molesta. Y expectante. 
"De acuerdo, ¿quién eres?"
"Soy Buitre" contestó lo que parecía una persona diminuta recostada con las piernas cruzadas sobre su rodilla.
"No pareces un buitre..."
"No, humano, ¡soy Buitre! Mi nombre es Buitre" La criatura tenía un rostro, y el caminante supo en ese instante que tenía una sonrisa radiante. 
"¿Te llamas Buitre? ¿Como el ave carroñera?"
"Sí, como el ave." Era un rostro dulce, sincero, y en aquel momento risueño.
"Ese nombre no parece... muy acorde contigo" Sí, era un rostro expresivo, y ahora parecía indignado.

La criatura alzó el vuelo con gracilidad y se mantuvo a unos centímetros de la cara del hombre. A su espalda se intuía el movimiento de unas alas completamente transparentes aleteando a gran velocidad. 

"Ah, ¿sí? ¿No me pega el nombre? ¿Y tú cómo te llamas?" le dijo con furia controlada. Si hubiese sido posible, aquello sería un hada. Pero el blanco inmaculado se había tornado en un blanco incandescente del color de la luz de las llamas, y realmente también era un poco flor. Y un poco insecto. 

"Yo soy Gabriel..." "¿Y ese nombre te pega?" preguntó el hada airada sin dejarle terminar, y de una pirueta volvió a su rodilla. Era grácil como una bailarina. Una que estuviera hecha de aire. 

"Supongo que he dicho una estupidez..."
"Pues sí, una estupidez bastante estúpida. Pero bueno, eres un estúpido humano, como suelen decir los gatos. Tengo más de 100 hermanas y hermanos, y miles de primos y primas. Todos tenemos nombres de las cosas bellas del mundo. Está Agua, está Corteza, están Petricor y Estepicursor, está Limaco..."
"Bueno, así visto cualquier cosa es bella..."
"Porque todas las cosas son bellas. Incluso tú, estúpido humano"

Aquel ser delicado y etéreo parecía tener un aplomo de granito. Seguro que tenía algún hermano o primo que se llamaba Granito.
"Esto será otra estupidez, pero, ¿eres un hada?"
"Y tú, ¿eres una patata?" Buitre lo miró con una mirada insolente de fingida curiosidad.
"¿Eso es un sí?" "(Suspiro)"
"Yo creía que no existían"
"Siento defraudarte" "(Suspiro)"
Al parecer, como pudo descubrir Gabriel, sus creencias estaban un tanto equivocadas. Sólo en el estanque había cerca de un centenar de criaturas como ella. Y en todo el bosque, miles y miles. Su supervivencia se basaba en el hecho de que el mayor depredador del mundo las ignoraba completamente, y que se trataba de especies centradas en coexistir con la naturaleza. De hecho, como le relató Buitre, muchos de sus familiares y amigos no se diferenciaban en nada del resto de compañeros del bosque. El caminante tuvo que soportar una gran reprimenda por haber pisado a varios de ellos por el camino.

"La verdad es que ahora me siento un poco culpable por... básicamente todo"
"Bueno, bueno... has de saber que todo el bosque te observaba mientras venías hacia aquí. Vosotros llamáis seres vivos a un montón de cosas que luego os esmeráis en matar. Pero nosotros estamos por encima de vuestra ceguera e ignorancia. Igual que en vuestra naturaleza está destruir, en nuestra naturaleza está crear, cuidar, preservar. Si yo quisiera, una de estas hayas podría estrangularte con sus raíces. Los humanos sois... tan patéticos"

Buitre aleteaba alrededor de la cabeza de Gabriel, que había vuelto a caminar por el bosque. Lo hacía lentamente intentando pisar sólo las piedras que parecían los suficientemente rocas como para no molestar a nadie. Y el barro. El barro no podía ser nadie.

"¿Te dan pena los humanos?"
"¡Claro! Sois unos salvajes, vivís en unas condiciones pésimas, os matáis, os envenenáis, ¡os tratáis fatal! La larva más pobre del bosque jamás se cambiaría por uno de vosotros. Las cucarachas son ejemplos de coherencia y solidaridad en comparación con vosotros". El pequeño hada dio un bufido y salió disparada hacia el cielo. El caminante se quedó parado observando los diferentes matices de la luz del atardecer.

Sus ojos empezaron a percibir partículas suspendidas en el aire pululando por todas partes. Había insectos, telarañas y gotas de humedad. Había musgo, helechos y trepadoras, y todo parecía vivo. Vivo y ocupado. Los pájaros parecían conversar con entusiasmo y las rocas parecían escuchar con detenimiento.

"Está vivo. Todo está vivo" dijo una voz al lado de su oreja. Era la voz dulce y seria de Buitre. "Todo late, como un inmenso corazón. Esta es nuestra naturaleza, esta es la naturaleza"
"Si te digo la verdad, me sobrepasa un poco"
"Es normal... Tenéis unas vidas tan horribles... no quiero pensar cómo debe ser pensar como vosotros... Ver tan poco, qué oscuridad"

Gabriel tuvo que reconocer que se sentía un poco molesto. Si admitía que no estaba teniendo un episodio esquizofrénico grave, tenía que admitir también que un hada llamada Buitre y tan frágil como una pompa de jabón estaba sintiendo auténtica lástima por él. Y su especie. Y lo peor era que, en cierto modo, tenía la ligera sensación de que ella estaba en lo correcto. Todo lo que le rodeaba no sólo era bello, sino que además estaba vivo. Y no le odiaba por todo lo que habían hecho él y su especie. Al contrario, aquel corazón palpitante sentía pesar.
"Te noto... airado"
"Bueno, sólo soy un estúpido humano enfrentado a toda la bondad y superioridad de los seres del bosque".
"Sólo eres una criatura asustada y débil. Puedo entenderte..."
"El futuro no pinta muy bien para vosotros, lo siento mucho. Los estúpidos humanos van a acabar con vosotros. Vamos a destruir el mundo".
"No podemos luchar contra vuestra negligencia... sólo procurar mitigar los efectos que generan vuestros errores. Estamos juntos en esto, para bien o para mal. Debe ser duro tener mentes tan diminutas y mezquinas, pero bueno"

Buitre se alejó revoloteando y se posó en un acebo que había entre unas rocas. Él sintió el impulso de marcharse y dejar aquel ser soberbio y moralista allí con sus amigos. Pero se dio cuenta de que no sabía dónde estaba.

"No sabes dónde estás, ¿verdad?"
"No, no lo sé. Me has perdido en el bosque". Una risa cristalina y pura brotó de todos los rincones del bosque. 
"No Gabriel, yo sólo he volado a tu alrededor. Has sido tú el que se ha encaminado hasta aquí. Siempre la culpa es de otros... Yo no he dicho nada porque sé perfectamente donde estoy. Todos aquí sabemos el lugar que ocupamos en el mundo"
"Estoy cansado de tus lecciones... me gustaría volver a casa" 
"¿A casa? Bueno, claro. Vosotros los humanos consideráis vuestro hogar a un sitio en concreto. Por aquí esos conceptos nos resultan... obtusos. Podemos llevarte a casa, si quieres"

Buitre parecía hasta cierto punto contrariada con el hecho de que él quisiera marcharse. Parecía un copo de nieve sobre las hojas del acebo, frágil e infinitamente bella.
"¿No quieres que me vaya?"
"Ya no viene mucha gente por aquí. Y es menos aún la que es capaz de verme o escucharme. Resultas... tan exótico" Buitre le miró y las sombras aprovecharon para internarse en el bosque.
"Es tarde"
"Pero estas conmigo. Con todos nosotros"
"Te agradezco todo lo que me has enseñado hoy. Pero es tarde, y el bosque no es un lugar para las personas por la noche. Empieza a refrescar, y si te digo la verdad, tengo miedo"
"Miedo... El miedo es a lo único que hay que tener miedo. Pero es verdad, el bosque no es un lugar para los humanos de noche" Buitre hizo una pausa y se frotó las manos, ¿o eran unas patas de insecto? "El barranco por el que has venido queda a unos quinientos metros hacia el oeste, has caminado en círculos. Después llegarás enseguida al camino. Nos aseguraremos de que no falte luz" las copas de los árboles cimbrearon un momento dejando entrever el azul apagado del cielo en el atardecer, mitigando la oscuridad.

En el bosque reinaba el silencio y todo parecía en calma. Sólo se oían las pisadas del caminante, que aunque tenía cuidado, iba a paso ligero. El hada revoloteaba y su blanco ya no era vibrante, sino que era sereno como el de las perlas. Gabriel había tenido que ponerse una chaqueta que llevaba en la mochila porque la temperatura había descendido. Pensó que se había comportado de una manera ridícula con el hada, pero ella le hizo ver con una mirada que todo quedaba olvidado.

"Buitre, ¿no tienes frío?"
"Puede, ¿y qué? Resulta tan reconfortante como el calor del verano. Cada instante es diferente e igual de importante. ¿Por qué debería rechazar el frío? Para mí es otro hermano"
"Claro" Se miraron y sonrieron.
Llegaron al estanque al pie del barranco un rato después.
"Bueno Buitre, me tengo que marchar"
"Lo entiendo Gabriel. Te deseo buen viaje"
"No olvidaré lo que me has dicho, de verdad"
"Sé que lo harás, porque son cosas que no puedes entender"
"Puede que olvide algunas cosas, pero no olvidaré al hada del bosque"
"¿A Buitre? No, no olvides al bosque. Al agua, a la corteza de los árboles, a los lirios y a los zapateros. Piensa que cualquiera de ellos puede ser mi hermano" Volvieron a sonreír.
"¿Sueles estar por aquí?
"Bueno, puedo estar donde quiera"
"Lo tendré en cuenta".
Conforme las estrellas empezaban a estrellar el cielo, el caminante empezó a subir el barranco por la senda que la luz marcaba entre las ramas de los árboles. Cuando llegó al coche era de noche, pero el bosque le había mantenido por el camino correcto. Mientras se cambiaba las botas por unas deportivas, pensó que tal vez el hada había exagerado. En un bosque tener esa clase de ideas era normal, pero en su coche se dio cuenta de que pensar como ella no era posible.

Buitre pululó un poco por el estanque y conversó con hadas, gnomos y trasgos. Su piel nívea reflejaba la pálida luz de las estrellas. Sabía que el caminante había comenzado a olvidar, y eso le generaba una pena sólida en su interior. "Qué estúpidos los humanos. Qué ciegos. Qué... humanos, supongo". Muchas veces se había enfrentado a la tontería de los humanos, y sabía que ellos eran los que se llevaban la peor parte. Se acostó en la hoja de un helecho y cerró los ojos. Sintió respirar al bosque, lo escuchó latir y sonrió. La naturaleza sabe siempre cual es su lugar en el mundo. Su mundo.

martes, 22 de diciembre de 2015

Luz



Durante un instante surcó la luz a lomos de una partícula de polvo, perdido en los vértigos y remolinos que generaba la misma naturaleza del aire. Diminuto, compartió el tiempo con los rayos del sol perezosos, que le señalaban en su trepidante viaje y le hacían brillar. Era agradable huir de la dictadura de la gravedad, olvidar la densidad y el peso exacto de las cosas, no distinguir su color y su textura. Tan sólo dejarse llevar por las fluctuaciones de su montura, resolver la contingencia de los lados y buscar el siguiente salto al vacío.

Un instante en el mundo diminuto puede ser una vida. Cuanto más pequeño, el tiempo es más breve, pero puede ser más largo. La duración de un momento es una percepción subjetiva, pero un átomo cuando se desintegra no tiene una percepción subjetiva de cuánto supone eso. Mientras pululaba en su partícula de polvo entre los rayos del sol imaginó empequeñecer aún más, agarrarse a un puñado de fotones y atravesar las moléculas para agarrarse al vertiginoso giro de un electrón. Y sin saberlo, empezó a recorrer el interminable camino hasta el núcleo del átomo. 

Pero ni el electrón giraba ni el recorrido era interminable. Porque ni la distancia ni la forma importaban nunca más. En el núcleo del átomo descubrió que lo único que había era un todo y una nada en una danza inmóvil. Un escalofrío de placer recorrió su cuerpo vibrante dentro de los límites de la improbabilidad. Sus sentidos eran completamente inútiles mientras el electrón, brillante, perseguía sus pupilas. La razón era totalmente prescindible allí, como el deseo o el miedo.

Ya no percibía la luz, no percibía el tiempo, no percibía nada más que un impulso de seguir empequeñeciendo. Si hubiese podido habría sentido cómo caía dentro de un protón y se sumergía dentro del mar de gluones. Dentro del reino indivisible habría seguido empequeñeciendo hasta posarse sobre un quark como un copo de nieve sobre una brizna de césped. ¡Qué maravilla dejar de existir, mitigar todo deseo de existencia! Su mera existencia se desintegró, su conciencia se difuminó y todo quedó congelado por ese mismo instante, que duró siempre.

De repente surgió una gran explosión. Todas las partículas temblaron y se arremolinaron chocando entre sí, expandiéndose en el infinito. Se establecieron los lados, las dimensiones, la gravedad y todas sus exactitudes. Se crearon galaxias y sistemas solares, la materia oscura surgió a borbotones derramándose por todos los confines. La Historia se desplegó a la vez olvidándose del proceso y la dialéctica, en una estampida hasta el presente. Y por último, la luz irradió su alegría gozosa y el sonido llegó con una gran estruendo de esferas celestes, procesos geológicos, mareas marítimas y el trino de los pájaros.

Notó el roce del frío sol de invierno sobre su piel, especialmente cálido sobre sus párpados, junto con la luz de las farolas. Percibió el peso de su cuerpo, extendido en el sofá. El tráfico, los pájaros y los niños del parque entraron a través de la ventana cerrada y por sus oídos. El olor metálico de su calefacción y del polvo de los libros dejó entrever el de la cena de navidad que alguien preparaba en la cocina entre murmullos, lo que activó sus papilas gustativas. Se incorporó y vio que el sol empezaba a esconderse.

Debía levantarse y ayudar a preparar la cena, pero su mirada quedó prendida de un diminuto punto de luz que bailaba sinuoso, surfeando un rayo de luz de farola. Entonces se imaginó, durante un instante, que era capaz de cabalgar la luz sobre una partícula de polvo.