sábado, 28 de septiembre de 2013

Síndrome


Hay algo peor que no poder domir, despertar dentro de un ataud invisible que no quieres abandonar. El cuerpo toma la consistencia de una roca forrada en plomo, los párpados se quedan pegados y la mente pasa a un contínuo fundido en negro. Aunque al principio es una sensación confortable, de repente despiertas en un sitio ajeno y hostil, totalmente distinto al mundo en el que estabas antes. Vértigo, ausencia, vacío, y muchas veces, asfixia. Siempre se tarda varios segundos en reconocer la habitación, la cama, el propio mundo en el que te acostaste. Tu cuerpo se siente agarrotado, la mente embotada y la garganta completamente seca.

Judas se sentía así cada mañana desde que cumplió los 3 años, aunque él no lo sabía entonces. Entonces le aterraba irse a la cama porque sabía que cuando se durmiese, instantáneamente, volvería a resucitar al día siguiente. Era un síndrome desconocido que había desconcertado tanto a los médicos como a sus padres. Habían probado todo tipo de medicamentos, terapias y técnicas, pero el resultado siempre era el mismo: al niño le costaba mucho despertar, y cuando lo hacía, estaba aterrorizado y desorientado, como si fuese una persona totalmente distinta.

Sus padres eran mayores y no tenían intención de tener más hijos, por lo que se volcaron con él. Judas tuvo problemas para desarrollarse como un niño normal, por lo que sufrió al principio un claro retraso académico y ostracismo social. No dormía durante días, hasta que finalmente caía rendido y dormía de forma profunda e ininterrumpida durante horas. Sus padres, con el mayor cuidado y ternura trataban de despertarlo, pero yacía inmóvil en la cama de forma indefinida. Algunas veces, para horror del que estuviese presente, estaba un rato con los ojos abiertos antes de empezar a llorar desconsoladamente, cuando no a gritar.

Con el tiempo el chico demostró que además de su problema de sueño también tenía una inteligencia fuera de lo común, especialmente para las lenguas. Podía descifrarlas y usarlas a su antojo, captando su lógica de forma rápida e intuitiva. Resultaba desconcertante, sin embargo, que para el resto de las cosas tenía serios problemas de memoria. Mientras que no tenía ningún problema para reterner una palabra, tenía una gran dificultad para recordar fórmulas, fechas o procedimientos. Pero en el momento que alguien se lo recordaba, en seguida se hacía con ello. Todo estaba allí, simplemente fuera de su sitio.

Tras pasar la niñez entre especialistas, a los 14 años comenzó a traducir textos junto a su madre, que dejó su trabajo de maestra para ayudarle. Comenzó a controlar los despertares y a establecer unas pautas de sueño constantes. Siempre dormía en su cama y siempre en completa oscuridad. Seguía una dieta estricta y realizaba una rutina de ejercicios diaria. Con el paso de los años consiguió hacerse un círculo de amigos aunque salía de casa muy poco. Vivía semirecluído navegando por internet leyendo cosas en diferentes idiomas, traduciendo y aprendiendo cientos de cosas que más tarde olvidaría.

El día de su 20 cumpleaños hubo una gran celebración en su casa. Había conseguido graduarse en el instituto, y como recompensa, sus padres habían usado parte del dinero de las traducciones para hacerle un regalo: un teléfono de última generación. Judas tendría que ser más autónomo a partir de entonces, ya que sus padres, ya jubilados, habían decidido salir más de casa. Tras pasar dos décadas pendientes de su hijo todos creían que había llegado el momento de ir normalizando paulatinamente las cosas.

Un mes después de su cumpleaños Judas despertó en su cama. Como cada mañana: vértigo, ausencia, vacío. Apretó los dientes y trató de relajarse. "Estás en casa". "Todo está bien". Movió la mano instintivamente y encendió la luz de la lámpara. Con los ojos todavía cerrados abrió la persiana y dejó que el aire de septiembre entrara por la ventana que había dejado entreabierta. Abrió los ojos y durante una fracción de segundo no reconoció el familiar paisaje de su habitación. Sin embargo, poco a poco, todo se fue asentando.

El reloj del despertador alertaba de que eran las 12 del medio día, por lo que había dormido bastante más de lo normal. Sus padres estaban en casa de unos tíos ese fin de semana y él tenía en la puerta de su habitación un cuaderno en el que le habían dejado todas las tareas que debía hacer hasta su vuelta. Cogió la botella de agua que siempre tenía al lado de la cama y la bebió con largos tragos. Siempre despertaba con la garganta reseca, aunque en todos los estudios de sueño a los que había sido sometido no se había apreciado que respirara por la boca. De hecho, cuando dormía, no se apreciaba que respirara de forma visible, aunque efectivamente lo hiciera.

Más por pereza que por nada en concreto, lo siguiente que hizo fue sentarse en el ordenador. Sentía una vaga reticencia a salir de la habitación, a volver a sus rutinas diarias. Abrió el navegador y empezó a abrir las pestañas con las páginas de siempre. El correo electrónico, las redes sociales, algunos blogs. Llevaba un rato navegando cuando se percató de que en la barra de tareas el icono de Dropbox señalaba que se estaba actualizando. Lo sabía porque nada más recibir el teléfono nuevo un amigo suyo le había puesto al corriente de todas sus posibilidades, aunque no recordara la mayoría. Entre ellas, que las fotos que tomaba con el teléfono pasaban de forma instantánea al servicio de almacenamiento en red.

El proceso era del todo normal, salvo por el hecho de que él no había tomado fotos el día anterior, por lo que no tenía ningún sentido que su ordenador se sincronizara. Posiblemente tomara alguna foto y lo habría olvidado, o a lo mejor siempre se sincronizaba y él no recordaba ese hecho. Pese a todo pulsó en el icono y vió que efectivamente había hecho tres fotos. Pero lo desconcertante era que habían sido de madrugada, aquella misma noche. De repente sintió una punzada de remordimiento y una fuerte aversión a mirar hacia la puerta de su habitación.

Tras una pausa demasiado larga, sacudió la cabeza y pulsó con el ratón para ver las fotos. Durante un segundo sintió un miedo irracional al comprobar qué había fotografiado, pero se esfumó enseguida. Eran tres fotos negras, en las que no se veía nada. Se giró en la silla y miró su teléfono cargándose en la mesilla.  Posiblemente en algún momento de la noche algún error del aparato había hecho que tomara tres fotos. Era muy improbable que hubiese sido él el que hubiera accionado el teléfono por accidente, ya que no se movía cuando dormía. Borró las fotos y comenzó a realizar las tareas que tenía programadas, olvidando el accidente. Unos días más tarde, durante una excursión, comentó a su amigo lo que había sucedido. Éste no le dio mayor importancia, aunque reconoció que era algo que jamás había oído. Le prometió que investigaría y que le informaría, y Judas también se comprometió a investigarlo.

Sin embargo, a la mañana siguiente le costó mucho más despertar. La sensación de ausencia y desorientación fue mucho mayor de lo habitual. Tuvo que quedarse un rato en la cama respirando profundamente aferrado a las sábanas. Se incorporó mareado y abrió la persiana de la ventana. A veces sufría recaídas, pero esta vez parecía distinta a las últimas veces. Bebió con avidez la botella de agua y se quedó un rato sentado en la cama. Miró la puerta de la habitación y vio que en el gancho estaba el cuaderno que sus padres siempre le dejaban cuando iban a estar fuera a la hora que él se despertara. Otra vez sintió aversión a salir de la habitación.

Achacó todo a que había pasado casi todo el día anterior fuera y decidió entrar un rato en internet para distraerse. Había una neblina en su cabeza que no le dejaba pensar con claridad y decidió que traducir algún texto le ayudaría a centrarse. Cuando llevaba un rato en la red buscando observó que Dropbox se estaba actualizando. Probablemente serían las fotos que había tomado durante la excursión, así que esperó a que terminara para revisarlas. Una vez que terminó decidió revisarlas, rememorando los buenos momentos del día anterior.

La sorpresa vino con la última foto que había tomado. Tardó bastante en darse cuenta que era una fotografía de su cuarto. Una fotografía tomada con flash que enfocaba directamente a la puerta de la habitación. En ella no se veía nada más que sombras, pero lo curioso era el enfoque borroso y el ángulo en el que había sido tomada. Era imposible que el teléfono hubiese podido sacar una fotografía de la puerta, como mucho del techo. Se giró y vio el teléfono en el mismo lugar en el que lo había dejado antes de acostarse el día anterior.

Lo primero que hizo fue mandar la fotografía a su amigo y preguntarle cómo podía ser posible. Cuando éste contestó dos horas más tarde Judas todavía no había salido del cuarto. No se atrevía a mirar hacia la puerta de su cuarto, como si hubiese allí algo que no quisiera ver. Tampoco se había acercado a su teléfono para llamar a sus padres, aunque era lo que más quería hacer en el mundo. Su amigo le dijo que lo más probable, y prácticamente la única posibilidad, era que alguno de sus padres hubiese entrado y hubiese sacado una foto mientras buscaban algo en su mesilla.

Un rato después sus padres llegaban. Su padre se había puesto indispuesto a primera hora de la mañana y habían ido a urgencias. Se lo habían dejado anotado en el cuaderno, pero Judas no se había levantado de la silla en toda la mañana. Desde el momento en que su madre había abierto la puerta de su habitación había sentido un gran alivio, y al enterarse del estado de salud de su padre había olvidado por completo el asunto de la foto. Fue a la tarde cuando preguntó a su madre si habían entrado en su cuarto. "Sí, esta mañana, para dejarte el cuaderno". "No, de madrugada, habéis tocado mi teléfono". "No cielo, ¿por qué habríamos de hacer eso?".

Tres días después otra vez aparecieron un par de fotografías en la oscuridad, y dos días después otra foto con flash, esta vez hacia la ventana. La única opción era que él tomase las fotografías por las noches, algo que nunca había pasado antes. Comenzó a sentirse cada vez más tenso y nervioso, a relajar sus rutinas y a sentir aversión a cerrar la puerta de su habitación. Algo no iba bien, pero tampoco quería alarmar a sus padres, ya que la salud de su padre parecía estar empeorando.

Exactamente dos meses después de su cumpleaños despertó completamente aterrado y gritando con todas sus fuerzas. A las horribles sensaciones que sentía cada mañana se había añadido una nueva. Por primera vez en su vida recordaba algo parecido a un sueño, aunque era una sensación espantosa. Estaba completamente estirado en la cama, con los ojos abiertos hacia la oscuridad del techo y los brazos agarrotados a los lados, agarrados a las sábanas. Cuando su madre entró en la habitación alarmada y abrió la puerta, Judas no pudo soportarlo más y se quedó inconsciente.

Cuatro semanas después volvía a casa. Durante una semana había estado alternando estados de inconsciencia con otros de histeria en los cuales se quedaba callado mirando a la puerta de la habitación del hospital hasta que, de repente, volvía a gritar y a caer desmayado. Poco a poco había ido retomando su estado normal, aunque estaba visiblemente trastornado. A veces hablaba en otras lenguas y sobre cosas que habían pasado hacía meses, incluso años. No parecía recordar cómo hacer operaciones matemáticas básicas y no reconocía a algunos de sus amigos. Aunque desconcertados, los médicos dedujeron que había sido una recaída debida a su síndrome, posiblemente producida por los cambios recientes y la enferdad de su padre.

Durante los primeros días de vuelta a casa sus padres intentaron hacer vida normal y volver a las rutinas que habían llevado durante los últimos 20 años. Judas volvió a controlar sus habitos de sueño y volver a la normalidad. No recordaba nada de lo que había pasado aquel día ni la semana posterior, para él no había existido, y tampoco quisieron recordárselo. Dos semanas después de volver del hospital parecía que todo volvía a estar bien, incluso él reconocía que despertaba con bastante control. También la salud de su padre había mejorado ostensiblemente. A comienzos del verano la situación había mejorado de forma increíble, hasta el punto que despertaba algunos días sin ningún tipo de crisis.

El día antes de que sus padres se fueran de vaciones su madre le pidió una fotografía que le había sacado con el teléfono el día de su cumpleaños, en mayo. Intentó acceder a su teléfono móvil, pero llevaba bastante tiempo funcionando mal, sin dejarle acceder a las galerías fotográficas. Fue cuando recordó que todas las imágenes del teléfono se actualizaban instantáneamente con el ordenador por medio de Dropbox. Durante todo este tiempo había olvidado por completo el programa, e incluso había quitado el icono de la barra de tareas al no saber exactamente para qué servía. Lo reinció y el icono volvió a aparecer en su barra de tareas.

No recordaba haber sacado muchas fotos, había salido muy poco y se había concentrado con su madre en la traducción de textos y en recordar todo lo que había olvidado durante la crisis nerviosa de unos meses antes. Suponía que tardaría poco en actualizarse, por lo que aprovechó para ayudar a su padre a tender la ropa. Cuando volvió, diez minutos después, el programa seguía con el proceso. Y una hora después también.

Fue entonces cuando, como con un ronroneo, una idea, un vago recuerdo, comenzó a tomar forma en la parte de atrás de su cabeza. Las fotos, pasaba algo con las fotos. Por fin, a la tarde noche, cuando por fin el programa terminó de actualizarse, volvió a sentirse incómodo. No se atrevió en ese momento a mirar las fotos, esperaría al día siguiente, por la mañana. Cenó temprano con sus padres, como siempre, y se fue a acostar. Pero antes de apagar el ordenador un rayo de incertidumbre cruzó su mente. Volvió a sentir el familiar desazón que sentía ante el hecho de tener que despertar al día siguiente.

Pinchó en el icono de Dropbox y entonces vio que se habían actualizado cerca de 650 fotografías y un vídeo. Sus manos empezaron a sudar y la temperatura de su cuerpo descendió drásticamente. Lo que era un ronroneo era ahora un grito mudo. Con resignación, aterrorizado, abrió la carpeta en la que estaban todas aquellas fotografías sin saber muy bien qué debía esperar.

La mayoría eran fotos completamente oscuras en las que no se distinguía nada, pero un número considerable estaban hechas con el flash. Eran fotografías de su habitación la mayoría, aunque descubrió algunas del pasillo y de otras partes de su casa. Había varias de sus padres durmiento, una enfocándole directamente en la cara a su padre. Un miedo húmedo se estaba filtrando hasta sus huesos y dio un respingo cuando vio en las sombras de una foto desenfocada su silueta borrosa en un espejo. "Soy sonámbulo, hay mucha gente que es sonámbula" se repetía para intentar tranquilizarse.

Pero entonces llegó una foto indescriptible. Era en su habitación, justo enfrente de la ventana. En ella se veía el perfil orientado hacia el techo, completamente iluminado, de una cara con un ojo mirando hacia el objetivo. Sólo se distinguía la silueta de la cara, porque todo estaba desenfocado, menos el ojo, su ojo. Pero el encuadre era rarísimo, porque intentando distinguir las estanterías y el marco de la ventana, la foto se la tendría que haber tomado de una forma totalmente antinatural. Empezó a sentir escalofríos y decidió borrar todas aquellas fotos, que mirando las fechas, habían sido sacadas de forma habitual en los últimos meses hasta que salió del hospital. De antes de aquella crisis sólo estaba el vídeo.

Sabía que sus padres estaban acostados, pero tenía un nudo en la garganta, que estaba completamente seca. Tampoco se atrevía a girar la silla hacia la puerta para ir a buscarlos, porque simplemente pensar en ello le producía dolor físico. Aunque sabía que debía borrar todo aquello, no imaginaba cómo iba a avisar a sus padres, cómo podía salir de esa situación. No podía volver a dormir, no podía moverse, sólo sentía un impulso malsano de ver el vídeo. Y la certeza de que la puerta de su habitación estaba abierta.

La historia dice que finalmente pulso casi inconsciente dos veces sobre el vídeo, que duraba unos pocos segundos. Grabado desde la cama e iluminado de forma penosa por el flash del móvil, se veía la puerta de la habitación abierta durante dos segundos. Justo después una figura sin rostro, moviéndose de forma anómala y rápida, se acercaba directamente a la camara diciendo en una lengua que nadie conocía "ven conmigo". Sólamente esto.

A la mañana siguiente la madre de Judas tardó en percatarse de que su hijo no estaba, porque su marido sufrió un ataque de corazón por la mañana. Su habitación estaba vacía, con todas las luces y el ordenador encendidos. Estaba abierta la foto que le había pedido el día anterior en una carpeta en la que no había nada más. La cama estaba hecha, y no faltaba nada. Su teléfono descansaba sobre la mesilla y todo parecía que no había sido tocado durante días.

martes, 10 de septiembre de 2013

Ángel



Entró en el coche, arrojó el bolso al asiento del copiloto y cerró con cuidado la puerta. Agarró el volante con sus dos manos, flexionó su cuerpo sobre él y tomo aire con fuerza. Levantó la mirada y dejó que las luces del tráfico iluminaran sus ojos vidriosos. Poco a poco su boca se fue transformando en una mueca cada vez más desagradable, torciéndose en una sonrisa invertida e imposible. No hubo ningún observador que pudiera decir si los espasmos comenzaron antes de los sollozos apagados y lastimeros. Abrazada a su volante casi sin fuerzas, las lágrimas empezaron a extender la sombra de ojos por toda su cara, cayendo sin cesar sobre sus rodillas. En su barbilla se juntaban con los mocos y la saliva, que supuraba su boca deformada en una mueca de dolor. 

Cada vez se iba haciendo más pequeña y frágil, por lo que cada convulsión la quebraba un poco más por dentro. Su pelo rubio y lacio se iba oscureciendo por momentos, pese a reflejar las luces indiferentes de los coches que pasaban por la carretera. El sabor amargo de las lágrimas la envolvía, mientras que sus pulmones se cerraban y tiraban de ella hacia la oscuridad que estaba vertiendo desde dentro. Un remolino de angustia y desesperación la rodeaba y la tragaba sin remisión. Le temblaba cada porción de su cuerpo, desde los dedos de los pies, que se retorcían como gusanos, hasta sus cejas húmedas y despeinadas.

Su mano izquierda se levantó un poco, como si hubiese conseguido escapar un momento del sollozo que la devoraba. Sin embargo no era para pedir ayuda. Con torpeza golpeó el volante una vez, y luego otra, hasta que en un ataque de histeria, desató su ira contra él mientras gritaba, dejando sus pulmones sin aire. Después se quedó quieta, con la mirada perdida en sus botas, con la boca abierta y babeante. 

Tras unos segundos, o puede que unos minutos, se irguió en el asiento. Tenía los dientes apretados, con la cara demacrada por el llanto y sucia de maquillaje, mocos, lágrimas y saliva. Algunos mechones de su pelo color paja estaban pegados en sus mejillas; su mirada perdida y teñida de negro y rojo era la viva imagen de la desolación. Los brazos seguían apoyados a los dos lados del volante, que parecía completamente ajeno al drama que se vivía en el interior del coche. Levantó un poco la mirada y sintió cómo los ojos de una desconocida la herían desde el retrovisor. 

La calma llegaba tras la tormenta, sus brazos se relajaron, la barbilla tembló ligeramente mientras los músculos de la cara descargaban la tensión. Buscó un paquete de pañuelos en el bolso, el cual le pareció pesaba una tonelada. De hecho todo le pesaba de manera infinita: las extremidades, los párpados, el corazón. La cabeza le empezó a zumbar con ese dolor tan característico de la descompresión después del llanto. Intentó recomponer el rostro a la desconocida que le miraba al otro lado del espejo, volviendo poco a poco al mundo que había abandonado hacía un momento en el rapto del lloro. Abrió una de las ventanillas y dejó que el ruido de la ciudad, capitaneado por el del tráfico, entrara en el vehículo.

Los colores tomaron vida, las luces de las farolas se arremolinaron alrededor del coche. El olor a frío inundó sus fosas nasales y sintió perfectamente como bajaba por su pecho e insuflaba vida a sus pulmones. El zumbido de su cabeza se acompasó con el latir de la ciudad. En el cielo las estrellas que desafiaban la contaminación lumínica enfocaron toda su atención hacia ella, que comenzó a buscar las llaves para encender el motor. Otro motor, el suyo, se iba calentando en su interior, devolviendo a sus sentidos la atención a los detalles.

Cuando por fin introdujo la llave en el contacto se miró una última vez en el retrovisor. La desconocida se había marchado y volvía a ser ella. Despacio, de manera deliberada, intentó arreglarse el pelo, apartándolo de su cara. Colocó los espejos, se puso el cinturón de seguridad y arrancó el coche. Aunque los estragos del llanto seguían presentes en su rostro, su mirada expresaba determinación. Sus ojos claros, ligeramente guiñados por la sensibilidad derivada del sollozo, parecían ir muy por delante del coche, de la música de la radio, del tiempo y del espacio. Con la barbilla ligeramente levantada, toda la tristeza y la angustia iban deslizándose por su piel y se quedaban atrás. El baile loco de su media melena, animado por el aire helado que entraba por la ventanilla, salpicaba hacia todos lados sus lágrimas y pesares.

Unos meses después, durante un viaje a un país exótico y paradisíaco, en el atardecer de un día cualquiera, su corazón se paró. El sol, una inmensa bola naranja, se estaba sumergiendo en un mar de nubes que traían una tormenta desde el interior del océano. Estaba con sus amigas, perdida para el resto del mundo, dejándose llevar por el encanto de la novedad, el misterio, lo desconocido. Se había cortado su cabello rubio, lo que hacia que muchas veces echara de menos sentirse enredada con el viento. Ya no usaba sombra de ojos, había decidido alejar los nubarrones del cielo que anidaba en ellos. En aquel preciso momento estaba bailando.

En los pocos días que llevaba en aquella isla habían aparecido unas pequeñas arrugas en las comisuras de sus labios. Eran consecuencia de la sonrisa que parecía no iba a abandonarla nunca y que enmarcaba sus labios finos y largos. Sin embargo, aquella tarde cualquiera, la sonrisa se borró de su cara mientras giraba inmersa en su baile, perdida para todo el mundo. Nadie se dio cuenta de como la arena de la playa la recibía en silencio, con delicadeza. Los que la acompañaban tardaron una eternidad en ser conscientes de lo que pasaba, mientras el reflejo del sol escondiéndose en la tormenta se apagaba en sus ojos.

Nadie sabía que pasaba mientras la histeria de sus amigas crecía al mismo ritmo que la tormenta huracanada. Cuando llevaron el cuerpo sin vida al hospital toda la zona se quedó sin suministro eléctrico. Un fallo en los generadores de emergencia hizo que tuviera que retrasarse la autopsia varias horas, en los que las amigas negaron que hubiesen consumido drogas, aunque admitieron haber bebido bastante alcohol. Cuando el asunto llegó a la familia y la política entró en juego, la noticia saltó a la prensa. Obviamente la culpa de todo la había tenido la juerga sin control y la forma de vida de aquel rincón supuestamente paradisíaco. Supuestamente porque después del huracán hubo un recuento de doce muertes. Sin contar la de ella, claro.

No sé por qué la recuerdo. Tal vez fuese por su mirada, por su fragilidad o por sus infinitas ganas de huir. Nadie lo sabrá nunca, pero lo que la mató no fue la juerga, ni siquiera el estar despreocupada lejos de un trabajo horrible y un hogar parecido a una prisión. Fue la tristeza la que la mató. La presión a la que sometió su pecho durante aquel llanto dentro del coche le había creado una pequeña disfunción en su corazón. Había llorado así muchas veces, casi siempre al salir del trabajo. Odiaba que le vieran llorar, que se recrearan en su debilidad. Curiosamente aquel día en el coche había sido la última vez.

Había vuelto a su casa y había informado a sus padres de que se marchaba a casa de su hermano, que no aguantaba sus discusiones, que ella no estaba bien y que necesitaba estar lejos de ellos. Poco después dejaba su trabajo pese al terror que la simple idea le producía. Y también cortó su relación con el chico que había compartido sus últimos 5 años, una larga cuesta abajo en la que se sentía resbalar cada día más deprisa. Hizo todo aquello de manera mecánica, sin pararse a pensar. Sentía que no podía volver a encontrarse con la desconocida del retrovisor nunca más.

Durante los siguientes meses retomó la pintura, que había abandonado en los días de la universidad. Conoció a su hermano como si fuese la primera vez, sus hábitos poco convencionales y manías, los cuales le habían apartado de la familia hacía ya muchos años. También volvió a conectar consigo misma, a la que había abandonado hacía ya demasiado tiempo. Y conforme los días se hacían más largos y la primavera avanzaba, ella también florecía. Todo el mundo le decía que estaba más guapa, que parecía más fuerte. Ese fue el motivo principal para que diera el paso de cortarse la melena.

Olvidó el llanto, olvidó la sensación de la presión en el pecho que produce la tristeza persistente, y se dejó seducir por los rayos del sol que anunciaban el verano. Esa vitalidad y esa fuerza llevaron a que se reconciliara con sus padres poco antes de partir al paraíso con sus amigas, aunque ellos no pudiesen hacer las paces entre ellos. Y fue precisamente una llamada de su padre la mañana de aquel día la que le hizo recordar ligeramente la punzada del dolor propia de la tristeza. Fue un comentario sin más, que quedó perdido en la inmensidad de todo lo que le rodeaba en aquel momento de felicidad. Pero aquella leve punzada fue la que terminó de desencadenar lo inevitable.

La euforia y la alegría que sintió aquella tarde fueron su respuesta al destino, que desde hacía meses había planeado ese desenlace. La recuerdo sonreír, la recuerdo agarrarse el estómago de la risa. La recuerdo desafinando mientras cantaba con sus amigas en la playa. Recuerdo como en su mente no había ni ayer ni mañana, tan sólo una salvaje pasión por el presente. Recuerdo verla girar y recuerdo ver su corazón estremecerse de júbilo. Y recuerdo que supe de forma nítida lo que iba a pasar en la infinidad de tiempo que pasó desde su penúltimo latido al último.

Yo no tengo permitido sentir tristeza, pero teóricamente tampoco debería tener recuerdos. Y tan claro como la recuerdo, la tristeza que trae ese recuerdo es también diáfana. Pienso en ella, quizá demasiado, e intento poner todas las piezas sobre la mesa, pero no me dan un cuadro completo. Y es que, en el último instante antes de desaparecer, no sé qué pensó ni qué sintió más allá de un dolor penetrante y físico. Antes de ella siempre creí saberlo todo, pero ahora comprendo que siempre habrá una parte infranqueable en el alma humana. Posiblemente sea ese misterio el que la mantiene tan viva para mí. Y esa vida después de la muerte la que me mantiene a mí.


viernes, 5 de abril de 2013

Felicidad



- ¿Me está diciendo que una parte de mi cerebro... ha muerto?

Los tres médicos se movieron incómodos en sus sillas. Los que parecían más jóvenes miraron a la que parecía ser la jefa, que tenía una cara arrugada como una pasa y gafas enormes de pasta, expectantes.

- Bueno, sí. Una parte de su cerebro ha quedado... digamos fuera de uso. Es un tejido muerto...
- Una parte de mi cerebro se ha quedado "fuera de uso", ¿es eso correcto?- interrumpió él. Sus padres también se movieron incómodos en sus asientos.
- No hay ninguna actividad ahí...
- No me parece del todo científico ese diagnóstico...
- Se lo hemos explicado una veintena de veces. Debido a una congestión masiva, la presión del craneo sobre su cerebro, de alguna forma...
- De alguna forma, ¿no?- volvió a interrumpir el paciente- me está diciendo que ustedes operan cerebros "de alguna forma" y tal.
- No, lo que pasa es que sencillamente no habíamos visto nunca nada igual. 
- Luego no saben qué cojones ha pasado, básicamente.

El ligero asentimiento del médico de la derecha, al que sólo le faltaban unas palomitas para completar su postura de expectación, fue delatora. Llevaban una hora allí. El paciente, con sus dos padres, que no habían dicho esta boca es mía, y los tres médicos encargados de informarle de la defunción (parcial) de su cerebro. Ahora empezaban a cuadrar las cosas.

- Me están diciendo- continuó el paciente- que, de alguna forma, la presión de mi cráneo sobre mi cerebro no sólo me produjo terribles jaquecas, sino que además, de algún modo, mató a una parte de mi cerebro, ¿voy bien?
- SÍ- contestaron los tres médicos a la vez con alivio. 
- Y que justo la parte que ha muerto... ¿es la que se encarga de regular los estados de la tristeza?
- De algún modo, por supuesto- ayudó el médico de la izquierda, que debió ser el primero de la promoción.
- Ok, y esa es la explicación a que haya estado contento las últimas semanas sin motivo aparente, ¿sí?
- Bueno...- comenzó el médico de la izquierda, que fué interrumpido.
- No. Es una conjetura. La zona de tejido...-parpadeo- muerto de tu cerebro, en estudios recientes, es relacionada con la tristeza. Nosotros sólo, de alg... ejem... nosotros te hemos hecho todas las pruebas posibles y pareces completamente normal...
- Gracias
-...y teniendo en cuenta que tienes... el cerebro dañado, ese es el único síntoma qué has presentado y...
- ...y todo cuadra- terminó de decir la madre. Había pensado que todo el asunto de las jaquecas de su hijo tenía relación con las migrañas que solían darle en primavera, pero había llegado un momento en el que se había preocupado de verdad. El fantasma de un tumor cerebral o algo peor había sobrevolado su mente en los peores momentos. De repente las jaquecas habían desaparecido y él volvía a estar bien. Mejor que bien, parecía "normal".

- Y si no puedo estar triste, por qué me siento tan cabreado ahora mismo.
- Pero no triste- dijo el primero de su promoción, el de la izquierda, con la visible sensación de haber ganado un punto.
- Y tienes la parte del cerebro que regula las emociones dañada, es normal que tengas problemas para regular tus estados de ánimo- añadió el otro colocándose las gafas mejor para no perderse detalle.
- Mire, ya le hemos dicho que no sabemos qué ha pasado exactamente, pero esto es lo mejor que tenemos. Aunque por supuesto seguiremos indagando hasta que descubramos qué ha pasado, de ahí esta reunión- resumió la médico jefa.

El paciente miró al suelo. La verdad es que había sido todo últimamente muy raro. No recordaba estar triste en un montón de tiempo. Sí, había sentido muchas otras emociones: alegría, felicidad, enfado, decepción, desagrado, ilusión... pero nunca tristeza. Había pensado varias veces en cosas tristes y no había funcionado. Y luego había pasado lo de aquel amigo de la familia...

- Reconócelo hijo,-comezó su padre- has estado muy raro últimamente. Cuando se murió el periquito nos tuviste a todos en casa una semana de luto, por un pájaro. Luis, tu padrino, murió dentro de una compactadora de aluminio hace dos semanas y no has soltado ni una lágrima.
- Habré madurado- contestó él.
- Lo del periquito fue hace 6 meses- informó la madre a los médicos, y luego mirando directamente a su hijo, prosiguió- y siempre has sido un abuelo. Yo personalmente te prefiero así.
- ¿Qué?
- La cuestión- la médico jefe pareció cansarse del momento familiar- es que eres una anomalía muy interesante. Un caso excepcional. Teóricamente, no es algo concluyente, eres una persona con una característica única en el mundo. Por supuesto, ha habido otros con daños cerebrales de lo más diverso...
- ¿Existe algún club?- interrumpió el paciente. El médico de la derecha sonrío, mientras que el de la izquierda pareció afirmar imperceptiblemente.
- Lo que tenemos aquí es una oportunidad inigualable para la medicina...
- Y para usted, claro, de algún modo- interrumpió de nuevo.
- Para la medicina. Por supuesto me encantaría hacerme cargo, yo y mi equipo,-(toses a los lados de la jefa del equipo)- mi equipo y yo personalmente, pero hemos llamado a un doctor especialista en la materia. Eres muy afortunado.
- ¿Yo soy el afortunado?

El paciente se sumió en la oscuridad. Le acababan de decir que una parte de su cerebro estaba muerta, que iban a estudiarlo como una rareza, su madre le había dicho que le prefería así y su padre no paraba de recordarle lo del padrino Luis. ¡Habría llegado su momento, cojones!

- Y no puede funcionar mal el escáner y a la vez tener yo un problema sicológico. Esas cosas pasan constantemente.
- No- negó con entusiasmo el médico de la izquierda, también sabía esa respuesta- Te hemos hecho una decena de escáners, más de lo recomendable, y tu cerebro está dañado, eso es definitivo. Y el problema sicológico, bueno...-dudó.
- El problema lo tenías antes, ¿recuerda?- rescató a su subalterno la jefa, mientras el otro volvía a colocarse las gafas.
- ¿Me está diciendo que la depresión crónica se puede curar a martillazos?
- No... habría que ser terriblemente preciso- colaboró el médico de la derecha.
- No entiendo por qué estás tan molesto hijo- aportó la madre.
- A ver, todo esto parece muy poco científico y... ¡real! "Joven pierde la tristeza gracias a constipado" parece un titular del Mundo Today. Lo peor es que no me siento... mal.
- Ves- comentó el médico de la izquierda con satisfacción.

Había pasado todas su vida pendiente de la tristeza, abrazado a ella como un naúfrago a su madero. Y le había abandonado, sin hacer ruido, después de tanto tiempo. Ni siquiera se había despedido. Lo peor es que no podía llorar su partida porque... porque no la sentía. Se sentía sumido en un cóctel explosivo de sensaciones, como una bomba de relojería a punto de estallar. Ahora tenía una zona muerta dentro de su cabeza, pero él había sentido una zona muerta dentro durante mucho tiempo. No podía ser bueno no poder estar triste.

- ¿Y si quisiera estar triste?
- Tranquilo hijo, Luis entiende que parte de tu cerebro no funciona...
- ¡Papá! No, en serio, la gente necesita estar triste- los médicos se miraron entre ellos.
- Sí, es posible...-comenzó el médico de la derecha ante el mutismo de sus colegas- de algún modo- añadió.
- He oído que hay gente que ha recibido golpes en la cabeza o... se han clavado... cosas, y han perdido facultades que luego han recuperado. El cerebro es un órgano muy plástico, sólo tendrían que estimular otra zona para que se haga cargo del asunto.
- ¿Quieres rehabilitación para volver a sentirte triste?- preguntó la médico jefe.
- ¿Qué me propone usted?
- Bueno, el doctor especialista que le va a tratar querrá abrirle el cráneo, pero con una táctica poco invasiva, tranquilícese-dijo dirigiéndose a la madre, que había dado un respingo- y luego, si supera la intervención y los estudios...
- Si supero qué... ¿cómo que si supero?
- Bueno, en toda operación a vida o muerte hay ciertos riesgos...-(más toses)- quiero decir, es una operación arriesgada, pero que aportará mucha información sobre el tratamiento de la depresión y la tristeza.
- ¿Van a matar a todos los que se curen en un quirófano también?
- Empiezo a estar cansada de su sarcasmo. Hemos hecho numerosas pruebas para determinar lo que le pasaba y hemos llegado a un diagnóstico bastante preciso para la naturaleza del asunto. Ahora, si quiere saber qué lo ha provocado y ayudar a otros en situaciones... difíciles, ya sabe lo que debería hacer.
- ¿Y si no quiero y nadie firma el papel de marras?

La habitación se quedó en silencio durante un par de minutos. En la mente de cada uno había un pensamiento distinto. El médico de la izquierda se congratulaba de su gran actuación, mientras que el de la derecha pensaba que había presenciado, de algún modo, un momento histórico. O al menos algo que contar a sus compañeros de piso. La madre del paciente pensaba cómo podría ayudar a su hijo, al que reconocía mucho más simpático y agradable. El padre se lamentaba de las circunstancias, y se preguntaba qué habría dicho Luis, el padrino del chico.

La médico jefe, sin embargo, pensaba en cosas más prácticas. El paciente era emocionalmente inestable. Realmente no tenía ninguna prueba de eso, pero a lo largo de aquel caso no había tenido pruebas de ningún tipo para muchos procedimientos y ahora sólo tenía que presionar para lograr su pedacito de fama. El especialista en la materia era un capullo engreído, pero estaba dispuesta a luchar por las migajas.

El paciente, sin embargo, estaba sumido en las tinieblas. Pero no eran las tinieblas de la desesperación, eran más bien como cortinas oscuras muy propicias para la situación en la que se encontraba. Realmente no quería sentirse mal, pero tampoco quería tener un agujero en su cerebro y andar por la vida como un zombi de la alegría. Lo único que sabía es que no estaba dispuesto a darle nada a aquella doctora arrugada y desagradable. De ningún modo.

- Pues puedes morir. Hoy, mañana, quién sabe- rompió el silencio la jefa del grupo de neurólogos- ya te he reconocido que no sabemos exactamente qué te pasa.
- Aceptaré el reto.
- No sólo te enfrentas a la muerte. Serás un bicho raro el resto de tu vida.
- No, el bicho raro ya lo era antes. No supondrá un cambio sustancial.
- La ignorancia no te dará la tranquilidad.
- Bueno, perder un poco de masa encefálica me ha dado la felicidad. Cosas más raras se han visto, ¿no?

Sin esperar una réplica, el paciente se levantó, cogió de la mano a su madre, y salió de la habitación con su padre detrás. Los tres médicos se quedaron en sus sillas durante varios minutos. Al final el médico de la derecha rompió el silencio por última vez.
- Cuánto coraje para un niño de 10 años.