martes, 27 de octubre de 2015

Kamikaze


Newton, fascinado por la naturaleza de la luz, determinó mediante un sencillo experimento que los rayos del sol estaban compuestos de siete colores: el rojo, el naranja, el verde, el azul, el añil y el violeta. Sin embargo, en aquella explanada la luz palpitaba nebulosa y oscura, vaciada de todo su color. Allí, tendido en un charco de sangre, el maestro sentía con precisión agónica las cuencas de sus ojos, y el pulsante dolor que recorría su cuerpo parsimoniosamente conectaba con sus sienes; hacía vibrar sus cejas, sus carrillos, su cara entera. Su perfil izquierdo reposaba contra el suelo, mientras el resto del cuerpo temblaba desmadejado en todas direcciones. "Rojo. Naranja. Verde. Azul. Añil. Violeta". Las pequeñas mutilaciones, las fracturas y los cortes poco a poco dejaron de importar, mientras una certeza emergía entre la bruma: no recordaba los colores. Y no los volvería a ver.

Lentamente,  como un desafío a la existencia misma, fue moviendo sus huesos rotos hasta retomar una forma humana. Con sus manos partidas, ignorando el millón de punzadas de dolor que le instaban a rendirse, empezó a incorporarse. Durante un instante se quedó paralizado al comprobar que el meñique de la mano derecha estaba arrancado. Seguía unido al resto del cuerpo por un trozo de piel, y pese a todo presentaba un aspecto más saludable que el los dedos de su mano izquierda, retorcidos en un amasijo. Pensó fríamente que tendría que arrancárselo. Ya no lo iba a necesitar para nada.

Un grupo de personas uniformadas lo observaba a unos metros. Nunca en su vida habían visto a nada ni nadie moverse tan despacio. Eran los caciques del diminuto estado de Alagonia, con sus ridículos trajes blancos de gala. De inspiración vagamente militar, embutían a los fornidos jefes y les hacían parecer unas salchichas musculadas. Desentonaba uno de ellos, y no sólo por ser más alto y corpulento, sino por tener el traje parcialmente teñido de rojo sangre. Su rostro, moreno y meticulosamente afeitado, tenía manchas carmesí que se mezclaban con el cuidado maquillaje. Bajo unas cejas perfectamente perfiladas, dos ojos finos y oscuros observaban incrédulos al guiñapo sanguinolento que lentamente volvía a ponerse en pie. 

"Ese hijo de puta se está intentando levantar otra vez" comentó uno de ellos intentando sonar divertido, pero con un ligero temblor en la voz, "¿por qué no se limita a morir en paz?"

Ninguno de sus compañeros dijo nada. Llevaban allí cerca de 50 minutos, de los cuales 49 se les estaban haciendo demasiado largos. Ese "hijo de puta" recibía una paliza de muerte tras otra, y aunque cada vez le costaba más, volvía a levantarse. Las reglas eran claras al respecto: aquello no acababa hasta que se quedara en el suelo, preferiblemente muerto, o se rindiera. Todos habían sabido que no iba a rendirse desde el principio; lo que nadie imaginó es que también se iba a negar a morir. "¿Por qué no se limita a morir?" pensó el jefe de los uniformados mientras sus músculos se tensaban ante la perspectiva de volver a golpear a aquel muñeco indefenso. 

Había sido desafiado por aquel insignificante maestro un par de meses antes. Alguien en el pasado creyó que sería divertido tener una ley por la cual el jefe de estado de Alagonia tendría que ceder su puesto mediante combate singular ante cualquiera de sus súbditos si era retado oficialmente. Había sido durante una temporada en la que había reinado la moda medieval, y aunque durante décadas aquello no había tenido mucho recorrido, en los últimos años se había desmadrado. Alguien, descontento con la labor de su gobierno, había rescatado aquella ley del olvido y ya había tenido que matar a dos mujeres y un hombre.

"Llamad al juez", ordenó mientras se quitaba distraído la piel de sus nudillos sin perder de vista la desafiante figura que, a unos cuantos metros de distancia, trataba de ponerse en pie. Uno de los inmaculados caciques se alejó del grupo en dirección a tres personas, dos mujeres y un hombre, que aguardaban un poco más lejos. Vestían ropa funcional y gris, lo que delataba con absoluta eficacia su condición de funcionarios. Tras mantener una breve conversación, el hombre, alto y enjuto, se acercó a la cúpula gubernamental de Alagonia. En su rostro se percibía una serenidad que contrastaba con el de las dos mujeres que dejaba atrás. Éstas tenían los rostros demacrados y cansados de observar aquel horror.

En lo que fue realmente una eternidad, el hombre roto consiguió erguirse más o menos. Observó entonces como la figura gris del juez se acercaba lentamente y se detenía a un par de pasos de él. Aunque le costaba enfocar, percibió el asco, e incluso el terror, en la cara del funcionario cuando le habló.

"Quiere saber si te rindes", dijo.
"No", contestó con contundencia el hombre roto.
"Quiere que sepas que no vas a aguantar más, y que puede proporcionarte una muerte rápida e indolora ya". En la voz del juez sonó cierto timbre de esperanza.
"No", contestó el hombre roto, que lo enfatizó con un ligero y doloroso movimiento de cabeza. Intentó mirar con fijeza al juez y dejó caer un diente de su boca.

Los caciques observaron la breve conversación entre el juez y el otro hombre con molesta resignación. Su jefe había golpeado sin contemplaciones, había luchado para ganar, pero no entendían por qué no había luchado para matar como otras veces. Cualquiera de ellos habría terminado con él en minutos, sin embargo el más fuerte de ellos quería mandar un mensaje. Humillar a aquel estúpido maestro, romper cada hueso de su alma hasta aniquilarlo por completo. Ahogar con sus propias manos aquella insolente muestra de sedición y acabar con el descontento que reinaba desde hacía años en Alagonia.

Por fortuna habían procurado que nadie pudiese presenciar aquel esperpento; aquello no estaba saliendo como estaba planeado, y probablemente tendrían que maquillar bastante la historia cuando por fin volviesen a la diminuta capital de pequeño estado. Era un fastidio estar allí helados a esas horas de la mañana para presenciar aquel absurdo juego del gato y el ratón. Sin embargo, no podían evitar tener cierta admiración por aquel muerto viviente que seguía desafiando a su líder una vez tras otra. E, íntimamente, se preguntaban qué era aquella fuerza que lo mantenía en pie y que ellos claramente no tenían.

El juez volvió, gris y sereno, ante el grupo de caciques.

"No se va a rendir y quiere seguir luchando", dijo solemnemente, y añadió con ironía "aunque posiblemente él entendería que te rindieses". Miró de igual a igual al más grande de los caciques.
"Voy a arrancarle le cabeza y a acabar con esto de una vez por todas" replicó el líder de los caciques mientras estrujaba una lata de bebida energética que acababa de tomar. Habían llevado una pequeña nevera con ellos para celebrar su victoria. "Esto se acaba aquí y ahora".

En los libros de Historia los grandes momentos suelen ir precedidos de señales inequívocas de que algo va a pasar. Como pequeñas pistas que señalan lo inevitable del devenir histórico y sus acontecimientos. Alagonia, aquella explanada estéril, aquellos hombres, eran terriblemente diminutos dentro del computo total de la Historia, y quizás por ello las pistas eran más difusas, los acontecimientos más aleatorios. Así que no hubo ningún aviso, ninguna señal mientras el jefe de estado de Alagonia caminaba decidido hacia ese hombrecillo que había decidido desafiarle. Nada perturbó la tensión de sus hombres que vibraban de la emoción de ver cómo aquello terminaba. Las funcionarias, que observaban todo desde la distancia, tampoco sintieron ninguna sensación más allá de la excitación ante la proximidad del final de aquel suplicio. Ni siquiera el hombre roto sintió nada más allá del alivio del que sabe que por fin llega el final, cuando aquella bestia manchada de sangre puso las manos sobre su cabeza.

Sólo el enjuto funcionario, que observaba la escena junto a los caciques, incubaba el germen de lo que posteriormente los libros describirían como "señal inequívoca". Navegando a la deriva dentro del fastidio por tener que presenciar aquella barbaridad y la resignación del hombre bueno que se sumerge en fango, había una cáscara de nuez gobernada torpemente por la esperanza. Una cáscara de nuez que estalló y se expandió hasta ser tan grande como una isla cuando el gigante blanco se derrumbó como un edificio sobre sí mismo.

El silencio se hizo completamente absoluto cuando todos los espectadores contuvieron la respiración. Junto a la mole inerte del que había sido el líder de Alagonía durante los últimos veinte años, estaba, tambaleante y orinado, el maestro. Esperaba la muerte con los ojos cerrados, indiferente a la realidad. Una gran parte de sí mismo ya estaba muerta, tan sólo quedaba una pequeña porción de su mente que esperaba la confirmación. No escuchó la tormenta que se aproximaba veloz por el horizonte. No escuchó las exclamaciones de incredulidad y furia de los caciques. No notó las manos que lo recogieron. Y tampoco escuchó la voz del juez que lo declaraba cacique supremo de Alagonia.