martes, 22 de diciembre de 2015

Luz



Durante un instante surcó la luz a lomos de una partícula de polvo, perdido en los vértigos y remolinos que generaba la misma naturaleza del aire. Diminuto, compartió el tiempo con los rayos del sol perezosos, que le señalaban en su trepidante viaje y le hacían brillar. Era agradable huir de la dictadura de la gravedad, olvidar la densidad y el peso exacto de las cosas, no distinguir su color y su textura. Tan sólo dejarse llevar por las fluctuaciones de su montura, resolver la contingencia de los lados y buscar el siguiente salto al vacío.

Un instante en el mundo diminuto puede ser una vida. Cuanto más pequeño, el tiempo es más breve, pero puede ser más largo. La duración de un momento es una percepción subjetiva, pero un átomo cuando se desintegra no tiene una percepción subjetiva de cuánto supone eso. Mientras pululaba en su partícula de polvo entre los rayos del sol imaginó empequeñecer aún más, agarrarse a un puñado de fotones y atravesar las moléculas para agarrarse al vertiginoso giro de un electrón. Y sin saberlo, empezó a recorrer el interminable camino hasta el núcleo del átomo. 

Pero ni el electrón giraba ni el recorrido era interminable. Porque ni la distancia ni la forma importaban nunca más. En el núcleo del átomo descubrió que lo único que había era un todo y una nada en una danza inmóvil. Un escalofrío de placer recorrió su cuerpo vibrante dentro de los límites de la improbabilidad. Sus sentidos eran completamente inútiles mientras el electrón, brillante, perseguía sus pupilas. La razón era totalmente prescindible allí, como el deseo o el miedo.

Ya no percibía la luz, no percibía el tiempo, no percibía nada más que un impulso de seguir empequeñeciendo. Si hubiese podido habría sentido cómo caía dentro de un protón y se sumergía dentro del mar de gluones. Dentro del reino indivisible habría seguido empequeñeciendo hasta posarse sobre un quark como un copo de nieve sobre una brizna de césped. ¡Qué maravilla dejar de existir, mitigar todo deseo de existencia! Su mera existencia se desintegró, su conciencia se difuminó y todo quedó congelado por ese mismo instante, que duró siempre.

De repente surgió una gran explosión. Todas las partículas temblaron y se arremolinaron chocando entre sí, expandiéndose en el infinito. Se establecieron los lados, las dimensiones, la gravedad y todas sus exactitudes. Se crearon galaxias y sistemas solares, la materia oscura surgió a borbotones derramándose por todos los confines. La Historia se desplegó a la vez olvidándose del proceso y la dialéctica, en una estampida hasta el presente. Y por último, la luz irradió su alegría gozosa y el sonido llegó con una gran estruendo de esferas celestes, procesos geológicos, mareas marítimas y el trino de los pájaros.

Notó el roce del frío sol de invierno sobre su piel, especialmente cálido sobre sus párpados, junto con la luz de las farolas. Percibió el peso de su cuerpo, extendido en el sofá. El tráfico, los pájaros y los niños del parque entraron a través de la ventana cerrada y por sus oídos. El olor metálico de su calefacción y del polvo de los libros dejó entrever el de la cena de navidad que alguien preparaba en la cocina entre murmullos, lo que activó sus papilas gustativas. Se incorporó y vio que el sol empezaba a esconderse.

Debía levantarse y ayudar a preparar la cena, pero su mirada quedó prendida de un diminuto punto de luz que bailaba sinuoso, surfeando un rayo de luz de farola. Entonces se imaginó, durante un instante, que era capaz de cabalgar la luz sobre una partícula de polvo.