martes, 22 de diciembre de 2015

Luz



Durante un instante surcó la luz a lomos de una partícula de polvo, perdido en los vértigos y remolinos que generaba la misma naturaleza del aire. Diminuto, compartió el tiempo con los rayos del sol perezosos, que le señalaban en su trepidante viaje y le hacían brillar. Era agradable huir de la dictadura de la gravedad, olvidar la densidad y el peso exacto de las cosas, no distinguir su color y su textura. Tan sólo dejarse llevar por las fluctuaciones de su montura, resolver la contingencia de los lados y buscar el siguiente salto al vacío.

Un instante en el mundo diminuto puede ser una vida. Cuanto más pequeño, el tiempo es más breve, pero puede ser más largo. La duración de un momento es una percepción subjetiva, pero un átomo cuando se desintegra no tiene una percepción subjetiva de cuánto supone eso. Mientras pululaba en su partícula de polvo entre los rayos del sol imaginó empequeñecer aún más, agarrarse a un puñado de fotones y atravesar las moléculas para agarrarse al vertiginoso giro de un electrón. Y sin saberlo, empezó a recorrer el interminable camino hasta el núcleo del átomo. 

Pero ni el electrón giraba ni el recorrido era interminable. Porque ni la distancia ni la forma importaban nunca más. En el núcleo del átomo descubrió que lo único que había era un todo y una nada en una danza inmóvil. Un escalofrío de placer recorrió su cuerpo vibrante dentro de los límites de la improbabilidad. Sus sentidos eran completamente inútiles mientras el electrón, brillante, perseguía sus pupilas. La razón era totalmente prescindible allí, como el deseo o el miedo.

Ya no percibía la luz, no percibía el tiempo, no percibía nada más que un impulso de seguir empequeñeciendo. Si hubiese podido habría sentido cómo caía dentro de un protón y se sumergía dentro del mar de gluones. Dentro del reino indivisible habría seguido empequeñeciendo hasta posarse sobre un quark como un copo de nieve sobre una brizna de césped. ¡Qué maravilla dejar de existir, mitigar todo deseo de existencia! Su mera existencia se desintegró, su conciencia se difuminó y todo quedó congelado por ese mismo instante, que duró siempre.

De repente surgió una gran explosión. Todas las partículas temblaron y se arremolinaron chocando entre sí, expandiéndose en el infinito. Se establecieron los lados, las dimensiones, la gravedad y todas sus exactitudes. Se crearon galaxias y sistemas solares, la materia oscura surgió a borbotones derramándose por todos los confines. La Historia se desplegó a la vez olvidándose del proceso y la dialéctica, en una estampida hasta el presente. Y por último, la luz irradió su alegría gozosa y el sonido llegó con una gran estruendo de esferas celestes, procesos geológicos, mareas marítimas y el trino de los pájaros.

Notó el roce del frío sol de invierno sobre su piel, especialmente cálido sobre sus párpados, junto con la luz de las farolas. Percibió el peso de su cuerpo, extendido en el sofá. El tráfico, los pájaros y los niños del parque entraron a través de la ventana cerrada y por sus oídos. El olor metálico de su calefacción y del polvo de los libros dejó entrever el de la cena de navidad que alguien preparaba en la cocina entre murmullos, lo que activó sus papilas gustativas. Se incorporó y vio que el sol empezaba a esconderse.

Debía levantarse y ayudar a preparar la cena, pero su mirada quedó prendida de un diminuto punto de luz que bailaba sinuoso, surfeando un rayo de luz de farola. Entonces se imaginó, durante un instante, que era capaz de cabalgar la luz sobre una partícula de polvo.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Terapia



"Pase, adelante"

Entró en la habitación y se sintió desubicado. No se lo había imaginado así.

"Eh... hola, soy J"

"Lo sé J, le estaba esperando"

Era una habitación perfectamente cuadrada, similar a un cubo. Las paredes eran blancas y el suelo de parqué sencillo. La única fuente de luz era una ventana, también cuadrada, con unas cortinas blancas que sólo dejaban pasar la luz; no se podía adivinar el paisaje que había detrás. El único mobiliario era una mesa de madera oscura y un par de sillas de plástico negro. En la que estaba al otro lado de la mesa estaba el terapeuta, que le mostraba sonriente un cuaderno en el que ponía "AGENDA" con mayúsculas. En la silla que tenía más próxima habían puesto un trozo de folio con su nombre, "J". 

"Siéntate, por favor"

J se aproximó y se sentó en la silla mientras el terapeuta dejaba la agenda en la mesa y le observaba sin dejar de sonreír. 

"No es lo que te esperabas, ¿no?", dijo el terapeuta, mientras se inclinaba sobre la mesa y se sujetaba la cabeza con las manos. "Así nos distraemos menos".

Era la primera vez que J iba a un terapeuta. Le habían dicho que aquel tipo era muy bueno, pero no le habían dicho exactamente por qué. Ahora podía imaginárselo.

"Es mi primera vez..."
"Lo sé, se lo dijo a mi secretaria"
"No sé muy bien cómo va esto... estoy un poco...", J encogió los hombros e hizo una mueca divertida.
"Supongo que esperarías un diván, ¿no?"
"¡Sí!", exclamó J riendo, mientras sentía que la tensión desaparecía un poco.
"También supongo que esperarías unas bonitas librerías con un buen montón de libros en ellos. Libros de psicoanálisis y esas historias... sí, tal vez alguna foto de Lacan y una estatua de algún viaje exótico"
"La verdad es que sí... las películas, ya sabe..."
"Bueno, sí, he visto películas. Supongo que esta camiseta roja y estos vaqueros tampoco son un uniforme apropiado... Y si no me equivoco, también esperarías una pared llena de títulos amorosamente enmarcados en la pared", dijo el terapeuta, inclinándose hacia la pared vacía de su espalda.
"La verdad es que sí... es una especie de garantí..." replicó J.

El terapeuta transformo la sonrisa en una mueca amarga y se reclinó sobre su silla. 

"Es curioso. Dime, ¿hay ahí fuera alguna universidad que ofrezca un curso en J? ¿Puedo encontrar algún libro que me diga quién es y qué le pasa a J? ¿Qué necesita? Quizá haya algún especialista que me pueda decir qué tipo de papel de pared le resulta más estimulante a J, pero no lo encontré jamás. Tampoco me interesó un pimiento...", el terapeuta hizo una pausa y miró hacía la ventana, "no, no me interesó J. No te conocía. Has recorrido unos cuantos kilómetros para ver a un desconocido que en la vida se interesó por ti. ¿Por qué? Porque tienes un problema contigo mismo". El terapeuta volvió la mirada a J y lo observó con dureza. No sólo con los ojos, con el cuerpo entero. "Dime J, ¿has probado a preguntarte a ti mismo qué te pasa?"

J, que hasta ese momento se había sentido extrañamente divertido, sintió la indignación nacer dentro de él. ¿Qué sabía aquel tipo excéntrico de él? ¿Lo que había sufrido? ¿Qué sabía de sus noches sin dormir? ¿De sus problemas para relacionarse? ¡Si no necesitara ayuda no habría ido hasta allí!

"Está claro que sí lo he intentado" respondió con semblante serio J.
"No, está claro que no lo has intentado. Como dijo Yoda, hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes. ¿Por qué es tu vida tan horrible?"
"Mi vida no es horrible", respondió J apretando la mandíbula.
"¡Genial! Estás curado, son 10000" exclamó el terapeuta con una sonrisa nada divertida.
"Pero... ¿Es así como hace usted terapia?"
"¿Quién sabe? Es la primera vez que vas a un especialista, a lo mejor todos somos iguales" replicó el terapeuta mientras se acomodaba en su silla.
"Me parece una broma de mal gusto", escupió J visiblemente irritado, "no tiene ni idea de nada"
"Eso se lo he dicho yo hace un rato. De todas formas, si su vida no es horrible, ¿para qué necesita ayuda?"
"Porque no me encuentro bien", dijo J con el puño apretado y mirando fijamente al cuaderno que reposaba sobre la mesa.
"Vaya al médico", sugirió el terapeuta.
"Pensaba que eso era lo que estaba haciendo"
"No, me refería a un médico para que le trate ese malestar. Si se encuentra mal, quizá le puedan dar alguna medicina", aclaró el terapeuta con una sonrisa, esta vez más afable.
"No es eso. Me siento mal. Me siento... débil. No puedo trabajar, no puedo pensar. Ni siquiera..." , J hizo una pausa incómoda, "ni siquiera puedo dormir. No puedo disfrutar la comida, no puedo disfrutar la música..."

J soltó la mano y comenzó a relajarse. De repente había más sombras en la habitación, aunque las sombras eran las mismas. Cerró los ojos y se acomodó en la silla.

"Estoy triste. Tengo un problema".
"Vale, ¿cuál?", preguntó el terapeuta, que le miraba con afecto.
"¿Cómo que cuál? ¡Para eso he venido!", exclamó J incrédulo.
"Bueno, yo de momento no detecto ningún problema. Parece perfectamente sano y su vida no es horrible. Sin saber nada más le daría la enhorabuena" contestó afable el terapeuta.
"¿Pero no me ha oído? Estoy... estoy... ¡estoy muerto por dentro!"
"No. No lo estás", dijo el terapeuta. De forma grácil se levantó y se acercó a J. Apoyó la mano con delicadeza en su hombro y le acarició la cara con suavidad, mientras J lo miraba totalmente desconcertado. "Efectivamente, no estás muerto. Ni por dentro, ni por fuera. Tu diagnóstico está equivocado", comentó el terapeuta mientras volvía a su silla. "Estás perfectamente normal".

"No. No estoy normal. Yo sé que no estoy bien", dijo J, aunque era cierto que había perdido algo de convicción.
"Puede que tú creas que estás mal o tienes algún problema, pero digo yo que puedes pensar perfectamente lo contrario, ¿no?"
"Pero yo siento que estoy mal", dijo J mientras se sujetaba la cabeza abatido.
"Pero no lo estás. Lo siento, es un hecho. Si te sintieras solo, te diría que buscaras compañía. Hoy en día hay más gente sola que gente en general", afirmó el terapeuta haciendo un gesto distraído con la mano. "Si no hubieses encontrado el amor te diría que lo buscaras, porque esperar al amor es como esperar que alguien viva tu vida por ti. Si tuvieras problemas en el trabajo o en la familia, te diría que pasaras. La familia, para bien o para mal, siempre está ahí. Y el trabajo... trabajar está claramente sobrevalorado. ¿No ves que toda la gente rica e importante parece que no lo hace?", una sonrisa divertida apareció en la cara del terapeuta. "Pero tú dices que estás triste y no sabes por qué... tal vez deberías decir que estás contento. Empieza por ahí y quizá...", el terapeuta sacó el labio de abajo de la boca y miró distraído por la ventana.

"¿Por qué me siento así?"
"Probablemente porque sientes que algo no funciona. Una pequeña frustración, un pequeño dolor. Una equivocación. Y el mundo te exige que seas perfecto, que nunca te equivoques, que siempre triunfes. El mundo te dice todas las cosas que debes ser, y lamentablemente J, tú sólo puedes ser J. Y ahora mismo, así abatido en una incómoda silla de plástico, no eres la mejor versión de J"
"¿Entonces qué hago?"
"Levántate de esa silla y sal por esa puerta. Tú eres el único que escribe el libro sobre J, eres el único que puede enseñar a los demás cómo eres, eres el que sabe cuál es el papel de pared que te estimula más. Eres la llave a esa tristeza y ese dolor al que sucumbes. No busques en la sociedad ni en nadie más quién eres, qué necesitas. No tengas miedo al fracaso, eso son gilipolleces. No tienes ningún problema, más allá de ser maravillosamente humano. Te seguirás sintiendo mal algún tiempo, pero cuando dejes de pensar en el problema, éste desaparecerá", y con un ademán se giró hacia la ventana. "Hemos terminado".

J salió del despacho del terapeuta, que se había quedado ensimismado y en silencio, y pagó a la secretaria, que le atendió afectuosamente. Cuando se dispuso a marcharse pensó que quizás todo aquello había sido una tomadura de pelo, pero se sentía algo mejor. Antes de marcharse decidió volver a entrar al despacho y darle las gracias al terapeuta. La secretaria había salido un momento y no había entrado nadie más, así que llamó ligeramente a la puerta y abrió.

No encontró al terapeuta. Ni las sillas, ni la mesa. En su lugar había un espejo en el que vio reflejado. Sus ojos parecían un poco menos cansado. Sus hombros un poco menos caídos. Era realmente un golpe de efecto.

"Gracias", dijo J. Y se marchó.

martes, 27 de octubre de 2015

Kamikaze


Newton, fascinado por la naturaleza de la luz, determinó mediante un sencillo experimento que los rayos del sol estaban compuestos de siete colores: el rojo, el naranja, el verde, el azul, el añil y el violeta. Sin embargo, en aquella explanada la luz palpitaba nebulosa y oscura, vaciada de todo su color. Allí, tendido en un charco de sangre, el maestro sentía con precisión agónica las cuencas de sus ojos, y el pulsante dolor que recorría su cuerpo parsimoniosamente conectaba con sus sienes; hacía vibrar sus cejas, sus carrillos, su cara entera. Su perfil izquierdo reposaba contra el suelo, mientras el resto del cuerpo temblaba desmadejado en todas direcciones. "Rojo. Naranja. Verde. Azul. Añil. Violeta". Las pequeñas mutilaciones, las fracturas y los cortes poco a poco dejaron de importar, mientras una certeza emergía entre la bruma: no recordaba los colores. Y no los volvería a ver.

Lentamente,  como un desafío a la existencia misma, fue moviendo sus huesos rotos hasta retomar una forma humana. Con sus manos partidas, ignorando el millón de punzadas de dolor que le instaban a rendirse, empezó a incorporarse. Durante un instante se quedó paralizado al comprobar que el meñique de la mano derecha estaba arrancado. Seguía unido al resto del cuerpo por un trozo de piel, y pese a todo presentaba un aspecto más saludable que el los dedos de su mano izquierda, retorcidos en un amasijo. Pensó fríamente que tendría que arrancárselo. Ya no lo iba a necesitar para nada.

Un grupo de personas uniformadas lo observaba a unos metros. Nunca en su vida habían visto a nada ni nadie moverse tan despacio. Eran los caciques del diminuto estado de Alagonia, con sus ridículos trajes blancos de gala. De inspiración vagamente militar, embutían a los fornidos jefes y les hacían parecer unas salchichas musculadas. Desentonaba uno de ellos, y no sólo por ser más alto y corpulento, sino por tener el traje parcialmente teñido de rojo sangre. Su rostro, moreno y meticulosamente afeitado, tenía manchas carmesí que se mezclaban con el cuidado maquillaje. Bajo unas cejas perfectamente perfiladas, dos ojos finos y oscuros observaban incrédulos al guiñapo sanguinolento que lentamente volvía a ponerse en pie. 

"Ese hijo de puta se está intentando levantar otra vez" comentó uno de ellos intentando sonar divertido, pero con un ligero temblor en la voz, "¿por qué no se limita a morir en paz?"

Ninguno de sus compañeros dijo nada. Llevaban allí cerca de 50 minutos, de los cuales 49 se les estaban haciendo demasiado largos. Ese "hijo de puta" recibía una paliza de muerte tras otra, y aunque cada vez le costaba más, volvía a levantarse. Las reglas eran claras al respecto: aquello no acababa hasta que se quedara en el suelo, preferiblemente muerto, o se rindiera. Todos habían sabido que no iba a rendirse desde el principio; lo que nadie imaginó es que también se iba a negar a morir. "¿Por qué no se limita a morir?" pensó el jefe de los uniformados mientras sus músculos se tensaban ante la perspectiva de volver a golpear a aquel muñeco indefenso. 

Había sido desafiado por aquel insignificante maestro un par de meses antes. Alguien en el pasado creyó que sería divertido tener una ley por la cual el jefe de estado de Alagonia tendría que ceder su puesto mediante combate singular ante cualquiera de sus súbditos si era retado oficialmente. Había sido durante una temporada en la que había reinado la moda medieval, y aunque durante décadas aquello no había tenido mucho recorrido, en los últimos años se había desmadrado. Alguien, descontento con la labor de su gobierno, había rescatado aquella ley del olvido y ya había tenido que matar a dos mujeres y un hombre.

"Llamad al juez", ordenó mientras se quitaba distraído la piel de sus nudillos sin perder de vista la desafiante figura que, a unos cuantos metros de distancia, trataba de ponerse en pie. Uno de los inmaculados caciques se alejó del grupo en dirección a tres personas, dos mujeres y un hombre, que aguardaban un poco más lejos. Vestían ropa funcional y gris, lo que delataba con absoluta eficacia su condición de funcionarios. Tras mantener una breve conversación, el hombre, alto y enjuto, se acercó a la cúpula gubernamental de Alagonia. En su rostro se percibía una serenidad que contrastaba con el de las dos mujeres que dejaba atrás. Éstas tenían los rostros demacrados y cansados de observar aquel horror.

En lo que fue realmente una eternidad, el hombre roto consiguió erguirse más o menos. Observó entonces como la figura gris del juez se acercaba lentamente y se detenía a un par de pasos de él. Aunque le costaba enfocar, percibió el asco, e incluso el terror, en la cara del funcionario cuando le habló.

"Quiere saber si te rindes", dijo.
"No", contestó con contundencia el hombre roto.
"Quiere que sepas que no vas a aguantar más, y que puede proporcionarte una muerte rápida e indolora ya". En la voz del juez sonó cierto timbre de esperanza.
"No", contestó el hombre roto, que lo enfatizó con un ligero y doloroso movimiento de cabeza. Intentó mirar con fijeza al juez y dejó caer un diente de su boca.

Los caciques observaron la breve conversación entre el juez y el otro hombre con molesta resignación. Su jefe había golpeado sin contemplaciones, había luchado para ganar, pero no entendían por qué no había luchado para matar como otras veces. Cualquiera de ellos habría terminado con él en minutos, sin embargo el más fuerte de ellos quería mandar un mensaje. Humillar a aquel estúpido maestro, romper cada hueso de su alma hasta aniquilarlo por completo. Ahogar con sus propias manos aquella insolente muestra de sedición y acabar con el descontento que reinaba desde hacía años en Alagonia.

Por fortuna habían procurado que nadie pudiese presenciar aquel esperpento; aquello no estaba saliendo como estaba planeado, y probablemente tendrían que maquillar bastante la historia cuando por fin volviesen a la diminuta capital de pequeño estado. Era un fastidio estar allí helados a esas horas de la mañana para presenciar aquel absurdo juego del gato y el ratón. Sin embargo, no podían evitar tener cierta admiración por aquel muerto viviente que seguía desafiando a su líder una vez tras otra. E, íntimamente, se preguntaban qué era aquella fuerza que lo mantenía en pie y que ellos claramente no tenían.

El juez volvió, gris y sereno, ante el grupo de caciques.

"No se va a rendir y quiere seguir luchando", dijo solemnemente, y añadió con ironía "aunque posiblemente él entendería que te rindieses". Miró de igual a igual al más grande de los caciques.
"Voy a arrancarle le cabeza y a acabar con esto de una vez por todas" replicó el líder de los caciques mientras estrujaba una lata de bebida energética que acababa de tomar. Habían llevado una pequeña nevera con ellos para celebrar su victoria. "Esto se acaba aquí y ahora".

En los libros de Historia los grandes momentos suelen ir precedidos de señales inequívocas de que algo va a pasar. Como pequeñas pistas que señalan lo inevitable del devenir histórico y sus acontecimientos. Alagonia, aquella explanada estéril, aquellos hombres, eran terriblemente diminutos dentro del computo total de la Historia, y quizás por ello las pistas eran más difusas, los acontecimientos más aleatorios. Así que no hubo ningún aviso, ninguna señal mientras el jefe de estado de Alagonia caminaba decidido hacia ese hombrecillo que había decidido desafiarle. Nada perturbó la tensión de sus hombres que vibraban de la emoción de ver cómo aquello terminaba. Las funcionarias, que observaban todo desde la distancia, tampoco sintieron ninguna sensación más allá de la excitación ante la proximidad del final de aquel suplicio. Ni siquiera el hombre roto sintió nada más allá del alivio del que sabe que por fin llega el final, cuando aquella bestia manchada de sangre puso las manos sobre su cabeza.

Sólo el enjuto funcionario, que observaba la escena junto a los caciques, incubaba el germen de lo que posteriormente los libros describirían como "señal inequívoca". Navegando a la deriva dentro del fastidio por tener que presenciar aquella barbaridad y la resignación del hombre bueno que se sumerge en fango, había una cáscara de nuez gobernada torpemente por la esperanza. Una cáscara de nuez que estalló y se expandió hasta ser tan grande como una isla cuando el gigante blanco se derrumbó como un edificio sobre sí mismo.

El silencio se hizo completamente absoluto cuando todos los espectadores contuvieron la respiración. Junto a la mole inerte del que había sido el líder de Alagonía durante los últimos veinte años, estaba, tambaleante y orinado, el maestro. Esperaba la muerte con los ojos cerrados, indiferente a la realidad. Una gran parte de sí mismo ya estaba muerta, tan sólo quedaba una pequeña porción de su mente que esperaba la confirmación. No escuchó la tormenta que se aproximaba veloz por el horizonte. No escuchó las exclamaciones de incredulidad y furia de los caciques. No notó las manos que lo recogieron. Y tampoco escuchó la voz del juez que lo declaraba cacique supremo de Alagonia.

martes, 24 de marzo de 2015

Incandescente


Recogió lo que quedaba de su dignidad, despedazada en diminutos fragmentos de papel por el suelo, e intentó salir con la cabeza alta. Es difícil hacerlo cuando toda tu miseria ha quedado al descubierto, expuesta delante de los lobos y las hienas que pululan en busca de carne fresca. No sólo había sido víctima de su ingenuidad, también había cometido el error de confiarla a quien no debía. Acababa de descubrir que siempre estamos a un paso de un nuevo desastre, por muy abajo que hayamos creído llegar. Reprimió un sollozo cuando la luz del sol golpeó sus ojos, y con un gesto patético y dulce, se limpió un lágrima que amenazaba con surcar en solitario una de sus mejillas.

La calle, abarrotada de gente, ignoró al pequeño, diminuto, drama que le rondaba, y vibraba bulliciosa. El olor a cerveza y vino barato se mezclaba con el de la orina y el aceite refrito. Los colores se mezclaban frenéticos mientras torrentes de personas se cruzaban en un baile asíncrono e imposible. Todo el mundo iba contra corriente en una marabunta que bebía, bailaba y discutía entre continuas explosiones de alegría. "Ok" pensó para sus adentros. Relajó sus extremidades, guardó lo que quedaba de su amor propio en un pequeño zurrón, y aguantando la respiración, se lanzó a la calle.

"¿Dónde estás? Te estamos esperando en..." "No mientas, estaban en el mismo sitio cuando ellos preguntaron sobre todo lo que pasó ese día..." "Jajajajaja" "Tía, me he roto el pie, de verdad tía, tía, tía..." "¿Le has dado un toque? Menuda... la vas a gozar..." "Y el jefe se puso farruco..." "Mira el wassap, te ha mandado una foto..." "¡Artista!" "La semiótica es una cosa muy seria..." "Míster, dónde guardas la china..." "Otra vez..." "Puto camión..." "Ah..." "Tú..." Tu..." "¡Ahí!" "Y todo tan lejos..." "...y reconoció..." "eh..." "Tu pie tiene mala pinta tía" "Qué te parece, eh, eh" "La rehostia, siempre igual, joder..." "Gilipollas" "Considero que el capote está muy sobrevalorado" "¿Guarri? Te pican las tetas o qué, ven pa'cá" "qué pasará... qué misterio habrá... puede ser mi gran noche" "Damelé un pitillico".

Estar allí en medio podía resultar electrizante. Como un turista que contempla absorto una maravilla arquitectónica, se quedó suspendido en medio de la corriente de aquel río de gente atareada en llegar a algún sitio concreto que, aparentemente, parecía estar en ninguna parte. Aquel caos le confundía, pero también se llevaba sus pensamientos y lo sumergía en su estruendo, donde se sentía a salvo. Por desgracia, tras unos instantes de indecisión del universo, sus pasos volvieron a moverse al ritmo apresurado que lo rodeaba, y se dejó arrastrar por la espiral de locura que lo llamaba. 

Delante un par de chicos hablaban demasiado alto, sin darse cuenta, para hacerse oír entre el estruendo. "Estaba en la puerta" "No lo pienses, hoy no" "Sólo he dicho que estaba en la puerta" "¿Y?" "Pues eso, estaba allí" "Bueno, ya vamos a otro lado" "A mí me da igual" "Vale, pero vamos a otro lado" "La verdad es que no me apetecía entrar" "Bueno" "Joder, me resulta incómodo" "Ya" "Ahora no me toques las pelotas" "Yo no he dicho nada" "Ya bueno, pero no dices muchas cosas" "Eres lo puto peor".

Detrás una pareja guiaba al grupo de amigas de ella. "Cómo va..." "Jajaja, no la podemos sacar" "Pero yo creo que está jodida jodida" "Oye, id más despacio, que se ha parado a hablar" "Hemos quedado y ya llegamos tarde" "Que vaya él solo" "Bueno, parece que viene luego" "Oye, y a dónde vamos..." "Es un capullo" "¿Qué ha dicho...?" "Jajaja" "Oye, ayudadme con..." "Voy" "¿Por qué no pasamos por el...?" "Me ha escrito, que no la esperemos" "No lo hemos hecho" "...pullo" "Vamos enana, estamos al lado".

De repente un sonido rítmico le sacudió, sacándolo de ambas conversaciones y apartándolo de la corriente principal. En el interior de un local había una música que no había escuchado antes, pero que hacía enmudecer a la baraúnda de la calle. Dubitativo dirigió sus pasos hacia allí, y observó que el bar parecía completamente vacío, aunque había gente dentro. La luz era oscura, en un tono intermedio entre el azul oscuro y el rojo incandescente. El ritmo vibrante y lento parecía enredarse con otro acelerado y meloso. Había un ambiente tóxico y adictivo que tiraba de él hacia el interior.

Antes de que pudiese darse cuenta estaba en medio de un montón de gente entregada al baile. Sintió el calor de sus cuerpos acariciarle como una lengua empalagosa, y el olor a colonia danzaba en un frenesí aromático con el intenso olor a sudor. Él también bailaba, él también sudaba, él también se entregaba a aquella danza tribal. Sintió el deseo fluir por su cuerpo, y empezó a buscar con la mirada algo que satisficiera aquel impulso primitivo. Las luces se mezclaban espesas dentro de aquel local permanentemente agitado por el ritmo enfermizo y adictivo de la música. "¿Qué está pasando?" se preguntó.

Y entonces la encontró. Estaba hecha de luz intensa y caliente, y supo en aquel instante que la música provenía de ella. Ella era la música. Esquivando como pudo los vórtices danzantes que se movían enloquecidos a su alrededor, se dirigió a ella. Sus facciones eran cambiantes, con los ojos abiertos y cerrados constantemente en una expresión de éxtasis. Su boca sonreía taimada mostrando los dientes, a la vez que se mantenía abierta en una perpetua exhalación de placer. Sus dos brazos, o los cuatro, o los seis, se mecían desinhibidos hacia todas las direcciones sincronizados perfectamente con el ritmo que surgía de aquella criatura. Sus piernas interminables invitaban a recorrerlas de forma incansable mientras se acompasaban a los brazos y a las caderas de puro fuego.

"¿Una rosa?" dijo él ofreciéndole una rosa de plástico que sacó del ramo que guardaba en su zurrón. Ella se giró entonces hacia él y la rosa se convirtió en un burbujeante fluido plástico. "¿De verdad?" dijo ella y lo miró divertida y lujuriosa mientras lo invitaba con su mano a la barra. "Tienes un aspecto terrible" prosiguió. Un par de copas finísimas y rebosantes de chispas aparecieron a su lado. "Realmente el tiempo te ha sentado fatal, das auténtica lástima". Ella reía mientras sus labios acariciaban la bebida chispeante y sus ojos relampagueaban alumbrando pecados para los que no tenemos nombre. 

"Bueno, son rachas, ya sabes" contestó él encogiendo los hombros. Miró sus ropas viejas y desgastadas: su cazadora gris y sus pantalones de pana; su palestino sucio y sudado que le envolvía el cuello. Observó sus manos hinchadas y arrugadas, con uñas gordas y sucias; sus botas raídas y malolientes. Sus ojos titilaron con la visita de dos lágrimas, pero ella le agarró grácilmente la barba y levantó su mirada. "No seas más patético todavía encanto" le susurró con dulzura. "Eso es, son rachas, unas veces se gana, y otras, sencillamente no. Bebe". 

Con un movimiento de sus pestañas, él no pudo evitar acercarse la copa a sus labios y beber un largo trago. "¿Mi tiempo ha pasado?" preguntó. "No lo sé, pero supongo que no. Eres inmortal y eterno, incluso con ese aspecto tan monstruoso. Las mayores gestas se han hecho en tu nombre, has inspirado lo mejor y lo peor de los estúpidos mortales. Simplemente quieren pasarlo bien, y digamos que tú, ahora, eres aburrido". Él tomo otro sorbo y las chispas le produjeron un leve mareo que pareció embotar sus sentidos. "Antes siempre íbamos juntos" dijo mientras perdía su mirada en el fuego que danzaba en el interior de los de ella. "Lo sé cariño, pero me cansé de ser la mala". Durante un instante se quedaron bebiendo en silencio, quietos uno al lado del otro.

"Lo siento, pero debes marcharte" dijo ella al fin delicadamente mientras lo acompañaba hacia la puerta. "La naturaleza del hombre es demasiado errática para tolerar tus ideales cuadriculados, y si no te rechazaron antes fue porque yo estaba contigo. Pero tenía que tolerar toda aquella mierda del pecado, ser juzgada como algo accesorio y prescindible..." hizo una pausa mientras salían por la puerta y lo miró con ternura. Durante un instante se transformó en una chica joven de ojos grandes y pelo despeinado a la que la luz del sol arrancaba reflejos de fuego. "Siempre habrá idealistas, pero el resto, al final, me prefirió a mí".

La vio entrar contorneando su cuerpo de lava mientras el ritmo tóxico ascendía e inundaba la calle entera. Con gesto resignado rebuscó en su zurrón y sacó un ramo de rosas de plástico. "Nunca debí abandonar el arco y las flechas" pensó tristemente con una media sonrisa amarga, sumergiéndose una vez más en las arterias pulsantes de la ciudad.