viernes, 5 de abril de 2013

Felicidad



- ¿Me está diciendo que una parte de mi cerebro... ha muerto?

Los tres médicos se movieron incómodos en sus sillas. Los que parecían más jóvenes miraron a la que parecía ser la jefa, que tenía una cara arrugada como una pasa y gafas enormes de pasta, expectantes.

- Bueno, sí. Una parte de su cerebro ha quedado... digamos fuera de uso. Es un tejido muerto...
- Una parte de mi cerebro se ha quedado "fuera de uso", ¿es eso correcto?- interrumpió él. Sus padres también se movieron incómodos en sus asientos.
- No hay ninguna actividad ahí...
- No me parece del todo científico ese diagnóstico...
- Se lo hemos explicado una veintena de veces. Debido a una congestión masiva, la presión del craneo sobre su cerebro, de alguna forma...
- De alguna forma, ¿no?- volvió a interrumpir el paciente- me está diciendo que ustedes operan cerebros "de alguna forma" y tal.
- No, lo que pasa es que sencillamente no habíamos visto nunca nada igual. 
- Luego no saben qué cojones ha pasado, básicamente.

El ligero asentimiento del médico de la derecha, al que sólo le faltaban unas palomitas para completar su postura de expectación, fue delatora. Llevaban una hora allí. El paciente, con sus dos padres, que no habían dicho esta boca es mía, y los tres médicos encargados de informarle de la defunción (parcial) de su cerebro. Ahora empezaban a cuadrar las cosas.

- Me están diciendo- continuó el paciente- que, de alguna forma, la presión de mi cráneo sobre mi cerebro no sólo me produjo terribles jaquecas, sino que además, de algún modo, mató a una parte de mi cerebro, ¿voy bien?
- SÍ- contestaron los tres médicos a la vez con alivio. 
- Y que justo la parte que ha muerto... ¿es la que se encarga de regular los estados de la tristeza?
- De algún modo, por supuesto- ayudó el médico de la izquierda, que debió ser el primero de la promoción.
- Ok, y esa es la explicación a que haya estado contento las últimas semanas sin motivo aparente, ¿sí?
- Bueno...- comenzó el médico de la izquierda, que fué interrumpido.
- No. Es una conjetura. La zona de tejido...-parpadeo- muerto de tu cerebro, en estudios recientes, es relacionada con la tristeza. Nosotros sólo, de alg... ejem... nosotros te hemos hecho todas las pruebas posibles y pareces completamente normal...
- Gracias
-...y teniendo en cuenta que tienes... el cerebro dañado, ese es el único síntoma qué has presentado y...
- ...y todo cuadra- terminó de decir la madre. Había pensado que todo el asunto de las jaquecas de su hijo tenía relación con las migrañas que solían darle en primavera, pero había llegado un momento en el que se había preocupado de verdad. El fantasma de un tumor cerebral o algo peor había sobrevolado su mente en los peores momentos. De repente las jaquecas habían desaparecido y él volvía a estar bien. Mejor que bien, parecía "normal".

- Y si no puedo estar triste, por qué me siento tan cabreado ahora mismo.
- Pero no triste- dijo el primero de su promoción, el de la izquierda, con la visible sensación de haber ganado un punto.
- Y tienes la parte del cerebro que regula las emociones dañada, es normal que tengas problemas para regular tus estados de ánimo- añadió el otro colocándose las gafas mejor para no perderse detalle.
- Mire, ya le hemos dicho que no sabemos qué ha pasado exactamente, pero esto es lo mejor que tenemos. Aunque por supuesto seguiremos indagando hasta que descubramos qué ha pasado, de ahí esta reunión- resumió la médico jefa.

El paciente miró al suelo. La verdad es que había sido todo últimamente muy raro. No recordaba estar triste en un montón de tiempo. Sí, había sentido muchas otras emociones: alegría, felicidad, enfado, decepción, desagrado, ilusión... pero nunca tristeza. Había pensado varias veces en cosas tristes y no había funcionado. Y luego había pasado lo de aquel amigo de la familia...

- Reconócelo hijo,-comezó su padre- has estado muy raro últimamente. Cuando se murió el periquito nos tuviste a todos en casa una semana de luto, por un pájaro. Luis, tu padrino, murió dentro de una compactadora de aluminio hace dos semanas y no has soltado ni una lágrima.
- Habré madurado- contestó él.
- Lo del periquito fue hace 6 meses- informó la madre a los médicos, y luego mirando directamente a su hijo, prosiguió- y siempre has sido un abuelo. Yo personalmente te prefiero así.
- ¿Qué?
- La cuestión- la médico jefe pareció cansarse del momento familiar- es que eres una anomalía muy interesante. Un caso excepcional. Teóricamente, no es algo concluyente, eres una persona con una característica única en el mundo. Por supuesto, ha habido otros con daños cerebrales de lo más diverso...
- ¿Existe algún club?- interrumpió el paciente. El médico de la derecha sonrío, mientras que el de la izquierda pareció afirmar imperceptiblemente.
- Lo que tenemos aquí es una oportunidad inigualable para la medicina...
- Y para usted, claro, de algún modo- interrumpió de nuevo.
- Para la medicina. Por supuesto me encantaría hacerme cargo, yo y mi equipo,-(toses a los lados de la jefa del equipo)- mi equipo y yo personalmente, pero hemos llamado a un doctor especialista en la materia. Eres muy afortunado.
- ¿Yo soy el afortunado?

El paciente se sumió en la oscuridad. Le acababan de decir que una parte de su cerebro estaba muerta, que iban a estudiarlo como una rareza, su madre le había dicho que le prefería así y su padre no paraba de recordarle lo del padrino Luis. ¡Habría llegado su momento, cojones!

- Y no puede funcionar mal el escáner y a la vez tener yo un problema sicológico. Esas cosas pasan constantemente.
- No- negó con entusiasmo el médico de la izquierda, también sabía esa respuesta- Te hemos hecho una decena de escáners, más de lo recomendable, y tu cerebro está dañado, eso es definitivo. Y el problema sicológico, bueno...-dudó.
- El problema lo tenías antes, ¿recuerda?- rescató a su subalterno la jefa, mientras el otro volvía a colocarse las gafas.
- ¿Me está diciendo que la depresión crónica se puede curar a martillazos?
- No... habría que ser terriblemente preciso- colaboró el médico de la derecha.
- No entiendo por qué estás tan molesto hijo- aportó la madre.
- A ver, todo esto parece muy poco científico y... ¡real! "Joven pierde la tristeza gracias a constipado" parece un titular del Mundo Today. Lo peor es que no me siento... mal.
- Ves- comentó el médico de la izquierda con satisfacción.

Había pasado todas su vida pendiente de la tristeza, abrazado a ella como un naúfrago a su madero. Y le había abandonado, sin hacer ruido, después de tanto tiempo. Ni siquiera se había despedido. Lo peor es que no podía llorar su partida porque... porque no la sentía. Se sentía sumido en un cóctel explosivo de sensaciones, como una bomba de relojería a punto de estallar. Ahora tenía una zona muerta dentro de su cabeza, pero él había sentido una zona muerta dentro durante mucho tiempo. No podía ser bueno no poder estar triste.

- ¿Y si quisiera estar triste?
- Tranquilo hijo, Luis entiende que parte de tu cerebro no funciona...
- ¡Papá! No, en serio, la gente necesita estar triste- los médicos se miraron entre ellos.
- Sí, es posible...-comenzó el médico de la derecha ante el mutismo de sus colegas- de algún modo- añadió.
- He oído que hay gente que ha recibido golpes en la cabeza o... se han clavado... cosas, y han perdido facultades que luego han recuperado. El cerebro es un órgano muy plástico, sólo tendrían que estimular otra zona para que se haga cargo del asunto.
- ¿Quieres rehabilitación para volver a sentirte triste?- preguntó la médico jefe.
- ¿Qué me propone usted?
- Bueno, el doctor especialista que le va a tratar querrá abrirle el cráneo, pero con una táctica poco invasiva, tranquilícese-dijo dirigiéndose a la madre, que había dado un respingo- y luego, si supera la intervención y los estudios...
- Si supero qué... ¿cómo que si supero?
- Bueno, en toda operación a vida o muerte hay ciertos riesgos...-(más toses)- quiero decir, es una operación arriesgada, pero que aportará mucha información sobre el tratamiento de la depresión y la tristeza.
- ¿Van a matar a todos los que se curen en un quirófano también?
- Empiezo a estar cansada de su sarcasmo. Hemos hecho numerosas pruebas para determinar lo que le pasaba y hemos llegado a un diagnóstico bastante preciso para la naturaleza del asunto. Ahora, si quiere saber qué lo ha provocado y ayudar a otros en situaciones... difíciles, ya sabe lo que debería hacer.
- ¿Y si no quiero y nadie firma el papel de marras?

La habitación se quedó en silencio durante un par de minutos. En la mente de cada uno había un pensamiento distinto. El médico de la izquierda se congratulaba de su gran actuación, mientras que el de la derecha pensaba que había presenciado, de algún modo, un momento histórico. O al menos algo que contar a sus compañeros de piso. La madre del paciente pensaba cómo podría ayudar a su hijo, al que reconocía mucho más simpático y agradable. El padre se lamentaba de las circunstancias, y se preguntaba qué habría dicho Luis, el padrino del chico.

La médico jefe, sin embargo, pensaba en cosas más prácticas. El paciente era emocionalmente inestable. Realmente no tenía ninguna prueba de eso, pero a lo largo de aquel caso no había tenido pruebas de ningún tipo para muchos procedimientos y ahora sólo tenía que presionar para lograr su pedacito de fama. El especialista en la materia era un capullo engreído, pero estaba dispuesta a luchar por las migajas.

El paciente, sin embargo, estaba sumido en las tinieblas. Pero no eran las tinieblas de la desesperación, eran más bien como cortinas oscuras muy propicias para la situación en la que se encontraba. Realmente no quería sentirse mal, pero tampoco quería tener un agujero en su cerebro y andar por la vida como un zombi de la alegría. Lo único que sabía es que no estaba dispuesto a darle nada a aquella doctora arrugada y desagradable. De ningún modo.

- Pues puedes morir. Hoy, mañana, quién sabe- rompió el silencio la jefa del grupo de neurólogos- ya te he reconocido que no sabemos exactamente qué te pasa.
- Aceptaré el reto.
- No sólo te enfrentas a la muerte. Serás un bicho raro el resto de tu vida.
- No, el bicho raro ya lo era antes. No supondrá un cambio sustancial.
- La ignorancia no te dará la tranquilidad.
- Bueno, perder un poco de masa encefálica me ha dado la felicidad. Cosas más raras se han visto, ¿no?

Sin esperar una réplica, el paciente se levantó, cogió de la mano a su madre, y salió de la habitación con su padre detrás. Los tres médicos se quedaron en sus sillas durante varios minutos. Al final el médico de la derecha rompió el silencio por última vez.
- Cuánto coraje para un niño de 10 años.