lunes, 13 de diciembre de 2010

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Ella era joven, castaña y atlética. No era alta, aunque estaba perfectamente proporcionada y era esbelta. Pero lo que más llamaba la atención eran las cejas. Dos líneas negras, largas y sinuosas que defendían el rostro de cualquier mirada escrutadora. Nadie que observara su rostro podía ignorar su perfecta simetría, su forma estilizada y sugerente. Muy pocos podían afirmar a ciencia cierta de qué color eran sus ojos. Él, sin embargo, lo sabía. No lo había tenido fácil. No la conocía apenas. Simplemente compartían algunas tardes en el gimnasio desde hacía unos pocos meses.

Todo empezó cuando un terapeuta le recomendó hacer algo de ejercicio. Su condición de parado de larga duración y su edad, prácticamente la cincuentena, habían sumido su autoestima en un pozo hondo y oscuro. Se había distanciado de su familia y sus amigos. No tenía pareja y era alérgico a todo tipo de mascotas. Morir sobre una cinta de correr no le pareció una perspectiva peor a cualquier otra.

Con los viejos amigos no hay que andar con rodeos, por lo que se dispuso a borrar del mapa la barriga que le había acompañado durante tantos y tantos años. Todas las mañanas, a las nueve en punto, se dirigía al gimnasio con el único objetivo de quitarse de encima los kilos o la vida. Tras mucho tiempo buscando una salida a una situación desesperante, por fin tenía algo en lo que ocupar su mente y que le permitía dormir por las noches. Destrozado.

Y el tiempo dejó de ser un problema. Su rutina se llenó de aroma a sudor y de triviales conversaciones con jubilados y otros compañeros de la cola del INEM. Sus pensamientos se perdían entre el propio cansancio y el fragor de la vida en el gimnasio. El coqueteo de una mujer mayor con un joven culturista. Las conversaciones de un par de viejos amigos que, en el ocaso de sus vidas, encuentran el enlace imposible entre el fútbol, los jueces y la prensa del corazón. La mirada gris de otros desempleados, de más larga duración, que mostraban una fuerza y resistencia increíbles. Inquebrantables.

Las semanas pasaron y las mañanas comenzaron a alargarse. Cada vez iba más tarde al sentir que las noches cundían menos. Pero la máquina marcaba su progresión. Dos, tres, cinco, siete, ocho kilómetros. Veinte, treinta, cuarenta, cincuenta minutos. Ocho, nueve, diez y medio, once kilómetros por hora. Pero su peso y, lo que es más importante, la barriga, permanecían allí sin apenas darse por enteradas. Y también pesaba sobre su ánimo el sentirse mejor físicamente cuando no tenía ninguna esperanza ni horizonte. Algunas mañanas se quedaba en la cama jurándose a sí mismo que no se volvería a levantar. 

Finalmente comenzó a ir al gimnasio por las tardes. Aunque había perdido más de diez kilos sentía que no era suficiente. Le apremiaba la necesidad de acabar con su maldita barriga y con aquellos kilos de más. "Ójala pudiese desintegrarme sobre la maldita cinta" pensaba. A su alrededor sólo se sentía cómodo con los jubilados que, tenaces, acudían también al gimnasio por la tarde. Silenciosos, constantes. Islas en medio de un océano bullicioso. Dirigiéndose inexorables en la dirección que marca el tiempo y que él sentía lamentablemente cada vez más lejos.

Todo cambió cuando dos cejas negras entraron en el gimnasio una tarde de septiembre. Pertenecían a una chica joven, de unos ventitantos. Su pelo, castaño con reflejos dorados, iba recogido en una larga coleta.  Era algo menuda, esbelta, de manos largas y finas. Llevaba una camiseta de tirantes morada y unas mallas negras hasta las rodillas. Las zapatillas, de una conocida marca deportiva, eran de un diseño innovador y de un horrendo color rosa. Sin embargo, él, en su cama, sólo recordaría aquellas dos cejas negras. Ni siquiera sabía si era atractiva.

Sin saberlo, pese a tener tantos años de experiencia, había quedado intoxicado con algo nuevo. Su mente empezó a imaginar todo tipo de historias sobre aquella misteriosa chica. Nunca hablaba con nadie; ni saludaba cuando llegaba ni se despedía cuando se marchaba. No seguía un horario concreto, ya que había veces que iba antes y otras después. Siempre llevaba los auriculares puestos, aunque él no estaba muy seguro de que estuviese escuchando música. Iban conectados a un móvil que miraba de vez en cuando, mientras corría como el diablo.

Él, llevado por una ridícula vergüenza, siempre procuraba ponerse en la cinta de correr más separada de la de ella. Estiraba lo más lejos posible y siempre intentaba marcharse antes o después de que la chica terminara. Como si temiese que descubriera las descabelladas historias que discurrían en su cabeza. No sólo mientras corría en el gimnasio, también el resto del tiempo. Y lo cierto es que no todas versaban sobre ella. En su mente se abrían nuevas posibilidades todo el tiempo.

Muchas veces se imaginaba rodeado de hierba alta cogido de su mano. O se casaban y tenían un puñado de hijos. Otras veces ella le plantaba y él encontraba otra chica, ésta morena. Y encontraba un trabajo en una empresa, donde conocía el éxito y la riqueza. No siempre, la otra chica era rubia y a causa de su trabajo como espía debían irse a África. Allí encontraba otra forma de vida, otro tempo, otra forma de mirar. Una vez imaginó que lograba ser acusado por un crimen que no había sido cometido, para así cometer uno perfecto. Y soñó que le concedían el don de saber todo o no saber nada y que no lograba recordar qué elegía.

Las noches comenzaron a llegar antes y el gimnasio se fue vaciando por las tardes. Sólo ella, él y los incombustibles jubilados de siempre seguína yendo todos los días. Él ya sabía de memoria toda la ropa deportiva de ella, sobre todo aquellas horribles zapatillas rosas. Pero a base de observar había descubierto unos labios finos y una barbilla puntiaguda. La nariz, sin embargo, era parecida a una suave colina por la que deslizarse con la nieve. Las mejillas, poco carnosas, nunca se ponían rojas. Pero los ojos, mientras tanto, continuaban siendo un misterio. Cuando su rostro se giraba hacia donde él se encontraba y lo apuntaban aquellas cejas, desviaba la mirada hacia el infinito, volviendo la atención a su, por aquellos días, desbocada imaginación.

Pero su oportunidad de descubrir su color llegó un día después de tener una revelación. Paulatinamente ella había cogido un horario para asistir al gimnasio que había ido coincidiendo con el suyo. También se había fijado que, a veces, mientras él la observaba, ella parecía concentrarse en mirar al infinito. Un par de veces habían compartido unos pocos metros en la espaldera para estirar -él juraría que ella olía a lima- y, lo más novedoso, ella le había estado mirando toda aquella tarde desde el reflejo de un cristal. ¿Pueden los sueños convertirse en realidad? Aunque el sentido común le decía que no, que él no era más que un cincuentón en paro, barrigón y sin ningún futuro, aquel día ganó el corazón a la razón.

Dispuesto a probar suerte e intercambiar un par de palabras con ella, se afeitó completamente después de mucho tiempo y fue al gimnasio con algo que no se atrevió a llamar esperanza. Sin embargo la ridícula vergüenza volvió a hacer acto de presencia y la razón se impuso al corazón. Corrieron juntos y estiraron juntos, sin dirigirse la palabra e ignorándose de forma manifiesta. Como de costumbre, el se escabulló unos segundos antes por la puerta. Sin mirar atrás y maldiciendo por las ideas locas de la noche anterior. Se duchó con agua hirviendo y se vistió muy lentamente. Nunca se había encontrado con ella fuera de las cuatro paredes del gimnasio pero, si fuese ésta la primera vez, también sería la más dolorosa.

El dardo se clavó en su espalda justo cuando salía por la puerta principal. "Espera, eres tú, ¿verdad?". Era una voz clara, fina y dorada, que representaba en muchos aspectos a su poseedora. Él se giró y poniendo cara de póker se disculpó. 
- Perdona, ¿qué dices?
- Que eres tú, el escritor. Llevo meses sospechándolo, pero hoy que te he visto sin barba... sí, tienes que ser tú.
- ¿Qué?, no entiendo.

"Eres tú, eres tú el autor de este libro", dijo ella sacando un libro de tapas blandas de su bolso. Era de color blanco y en su portada se leía un título sencillo en letras grandes: "SUEÑOS". Debajo había una ilustración que comprendía miles de imágenes. Sin comprender absolutamente nada de lo que ella le contaba sobre temer ser descubierta mientras le escudriñaba en el gimnasio, sobre la emoción de conocer a alguien famoso, sobre las maravillas que relataba el libro... comprobó la contraportada. "El deseo de una vida imposible, el sueño y la imaginación, se dan cita en este libro de relatos del autor..." Allí estaba su cara, sonriente, seguro, sin barba y con mirada confidente.

- Perdona, perdona... ¿de dónde has sacado este libro?
- ¡Y derrepente eras tú! Ah, sí, disculpa, es que estoy tan emocionada. Todo este tiempo con un miedo terrible a que no fueras tú... El libro, sí, fue una historia también increíble, como todo lo relacionado con él. Me lo dio una gitana en Londres este verano. ¡Un libro en castellano! Un libro sin referencias, sin editorial y sin dato alguno... ¡No aparece en internet! ¿Qué es, autoeditado? Bueno, pues la vieja me dijo que gracias a un encantamiento que encerraba entre sus páginas encontraría al amor verdadero y... ¡así es!

El corazón de él se paró derrepente. ¡Magia! El jamás había escrito nada, había dedicado toda su vida a trabajar en la administración de una vieja carpentería. Ni siquiera leía demasiado. Y resultaba que había un libro que recogía todas las historias que él había imaginado en los últimos meses, ¡con su foto en la contraportada! Alzó la mirada del libro, que mantenía abierto por una página al azar, y le miró a los ojos, traspasando la barrera mágica de aquellas cejas de ébano. Y por fin vio sus ojos. Miel, cómo no, eran de color miel. Su corazón empezó a latir de nuevo, con brío renovado, y sonrió.

-No sé qué decir...
-La gitana dijo que sería una historía increíble y ya lo creo que lo es. Hombre, no tanto como las historias del libro, que me encantan, por cierto, creo que eres un genio. Hace tres meses iba en el autobús leyendo el libro y se me cayó encima un chico. Al principio me enfadé, me arrugó un poco la portada, ¿ves? Pero se disculpó en seguida y me miró... no sé describirlo. Es moreno y juega a balonmano. También estudia en mi universidad... La bruja tenía razón, ya ves...

Los oídos se cerraron por completo y él no pudo escuchar nada más. "¿Qué? Un tío guapo se te cae encima en el autobús ¿y eso es una historia increíble? ¡Yo tengo un libro sin nisiquiera escribirlo! ¡Y es tu libro! ¡Uno que no ha sido publicado!" pensó mientras las últimas esperanzas y las cenizas de sus sueños giraban en el vórtice de un retrete. Su mirada, todavía prendada en los ojos color miel se fue apagando y una última idea, fruto de 50 años de sentido común, afloró.

- Solo puedo darte -puedo tutearte, ¿no?- comenzó ella- sólo puedo darte las gracias por las historias de este libro. A veces me siento... no sé, la protagonista de algunas de ellas. Y bueno, supongo que de alguna forma me has ayudado a ser feliz... No... no sé. Gracias.

Contarle la verdad; decirle que ese libro no existía más que en su cabeza, inspirado enteramente por ella; explicarle lo que realmente era increíble de aquella historia y qué tal vez el chico moreno no era su amor verdadero, que igual debería explorar otras posibilidades... No, él era sólo un cincuentón en paro, sin ninguna esperanza y en el fondo, solo. Muy solo. "De nada" musitó, intentando componer una sonrisa.

- Bueno, pues nos vemos mañana en el gimnasio. Me tengo que ir, que he quedado, ¡adios!
- A... adios...
 
Ojos color miel y aroma a lima. Y dos cejas negras... Tras despedirse ella salió por la puerta sonriente, feliz. Con la sensación de haber culminado algo pero sin saber muy bien el qué. Y, aunque al principio le extrañó, nunca llegó a preocuparle seriamente el hecho de que aquel escritor de un solo libro, un único volúmen que ella poseía, no volviese al gimnasio. Tampoco pareció importarle que rompiese con su novio el siguiente verano, contradiciendo a la vieja bruja. Sólo mucho tiempo después, en el ocaso de su vida, encontró el libro olvidado en el último estante de una librería. Al final, nunca habría de encontrar el amor verdadero como le había contado la gitana.