martes, 27 de enero de 2009

La luz del sol



Había una vez un gigante

que lloraba lágrimas de sangre

y era tan tan grande

Que nos robó

la luz del sol


Y vino aquí a la vereda

pidiéndonos un favor

que acabáramos con su miseria,

Nos pidió

una gran canción

de amor


Y yo, le dije que no

Que devolviera la luz del sol

El gigante se mofó

Su cabello

sería su

prisión


El Astro Rey se marchó

y con él todo su calor

la escarcha nos rodeó

Y el gigante

comprendió

su error


Y ahora viene conmigo / buscamos el perdón del Dios

El quiere un alma nueva / para poder sentir dolor

Y yo

una canción

para poder llamar de vuelta al Sol

jueves, 22 de enero de 2009

La Calle Vaduz (I)

Jonsi era el pequeño de siete hermanos. Todos chicos. Todos malas bestias. Él, sin embargo, era dulce y cariñoso, con una mirada azul y triste. De pequeña estatura, era un superviviente de la Calle Vaduz, muy cerca de la Catedral* de Arkángel. De hecho, el final de la calle daba a un angosto callejón que se cominicaba con el templo-fortaleza. Desde ahí los sacerdotes, una vez a la semana, repartían alimentos, mantas y bienes de primera necesidad. El único requisito para recibirlos era ser menor de 16 años. Por eso Jonsi y sus seis hermanos habían podido vivir medianamente bien.

Los otros niños que solían frecuentar la calle vivían medianamente mal, como señalaba la señola Soah. Había hecho de la madre de los pequeños rufianes, aunque no quería a ninguno. Ni si quiera a Jonsi. Le despreciaba y se mofaba de su cara de bobalicón. Él, sencillamente sonreía. Delgada y de rostro afilado, nadie sabía que había sido antes de la guerra. Ni tan siquiera su edad o procedencia. El resto de familias que vivían en Vaduz intentaban evitar pasar por delante de la destartalada chabola de Soah. Temían tanto a los niños bárbaros como a su iracunda madrastra.

Pero Jonsi era, a grandes rasgos, un niño sociable. Muchas veces se le podía ver con otros niños, tanto de familias vecinas como de otros barrios que buscaban la ayuda de los sacerdotes. La señora Vilévich le solía dar traguitos del aguardiente de su marido, y el anciano Ölaf Ulmoda terrones de azúcar. La gente sentía lástima por él, ya que con su cabello rubio y su mirada inocente parecía un ángel perdido entre tanta miseria. Además, sus hermanos abusaban de él y le trataban como un auténtico esclavo. En el barrio la gente pensaba que tenía un retraso que le impedía ver la realidad. Eso para ellos era una especie de suerte.

El niño, sin embargo, sí que veía la realidad. Mucho más nítidamente que el resto de sus vecinos. La Calle Vaduz había quedado arrasada por la guerra, lo que había dejado enormes solares donde, milagrosamente, la naturaleza había ganado la partida al frío y al hielo. También las ruinas de algunos edificios gubernamentales semejaban ahora montañas de formas imposibles. La imponente figura de la Catedral era un gigante que les protegía del terrible aire del norte, y el río subterráneo de Ossè les daba agua potable todo el año. Sus hermanos y su madrastra serían unos monstruos, pero Vaduz era un sitio hermoso en el que vivir.

martes, 20 de enero de 2009

Síntesis: La vida de Javier

Lara y Patricia volvían a casa después de una noche de marcha.
- Ese chico... ¿Te gusta realmente?
- Bueno, es como dice papá. Si te enamoras de una persona una noche de borrachera... tendrás dos hijas estupendas, pero tu vida será una mierda.
- También es verdad.

sábado, 17 de enero de 2009

Tierra

"Cuando pienso en el borde del mundo imagino cascadas de agua cristalina. Si el mundo se acaba, en algún punto tiene que empezar". Estaba sólo en el mundo, pero eso carecía de importancia. Si Antoine de Saint-Exupery, autor de El principito, hubiese decidido ceder al joven extraterrestre un planeta tan grande para él solo, posiblemente el libro hubiera sido terriblemente aburrido. Pero ahí estaba él y ahí estaba el mundo. Tal para cual.

Tenía el vago recuerdo de haber iniciado su viaje un buen día al salir de la piscina. Una triste tarde de verano en la que el sol era especialmente naranja. Con paso decidido decidió echar a andar y el mundo había cambiado. Atrás quedó la ciudad, atrás el bullicio y los hombres. El común de los mortales piensa que si echas a andar de un sitio, tarde o temprano llegas a otro. Pero como advertía David Hume, eso es fruto de la costumbre. En el momento menos oportuno, las leyes de la física se dan un garbeo y te dejan ahí plantado.

Es increíble las cosas que se pueden hacer con un bañador, una vieja camiseta de Solero -un antiguo helado de Frigo- con las mangas cortadas, unas chanclas rotas y una toalla promocional de un banco. Las llaves de casa y el euro de la taquilla habían desaparecido misteriosamente durante la primera noche a la intemperie. Basta un hombre, para que la miseria de la humanidad llegue al fin del mundo. "¡Qué desastre!" pensó para sus adentros.

Los días eran largos y luminosos, las noches largas y luminosas. Un cielo cuajado de estrellas le miraba dormir con la toalla enrrollada alrededor de su cabeza. Igual podría haberse situado mirando las estrellas, al menos averiguar el hemisferio. Por desgracia él desconocía todo sobre astronomía. Los primeros días había sido agradable perderse en la inmensidad del universo. Luego cayó en la cuenta de lo pequeño que era. Y posteriormente mando a la mierda las estrellas. Teniendo en cuenta que era la única mente pensante en varios kilómetros alrededor, decidió hacer desaparecer las dichosas estrellas todas las noches con la toalla. Era gratificante ser tan insignificante por el día, y poder jugar a ser dios por la noche.

martes, 13 de enero de 2009

Teología neoliberal

A veces es complicado empezar a contar ciertas historias. Historias que se desarrollan en lugares oscuros, solitarios, lejos de la seguridad que nos ofrece el caparazón de la realidad. Esta historia está lejos de ser comprensible, está lejos de ser historia. Por eso tal vez es tan complicada de ser narrada. Tan sólo puede ser susurrada en cuartos oscuros, en lugares donde el sol nunca irrumpe con su luz, un lugar en el que las células viven al resguardo de la oxidación, lejos de la erosión del viento y del mar. No es una historia de miedo, no es una historia de misterio. Es una historia que transciende de lo que conocemos, para llegar al alma, y como un ladrón silencioso, robárnosla. A veces hay cosas que pasan. Otras cosas tan sólo son contadas.

A lo largo de la historia los protagonistas de las historias han sido héroes y villanos, perdedores carismáticos y tristes vencedores. En las historias encontramos personajes clave, llenos de matices, poseedores de una vida y un bagaje. ¿Quién sabe? A lo mejor él también tenía un bagaje personal. A nadie interesaba dónde había estado o qué había hecho. Él no es el protagonista de ningún acto vil ni heroico. Simplemente es un susurro de esta historia.

Como decía, en las historias hay vencedores y perdedores. Él no era un perdedor. Sobrevivía a su propia existencia sin dificultad, indiferente a la competición en la que convertimos la vida, dividiendo el mundo en perdedores y triunfadores. El no buscaba nada, porque tal vez a él no le importaba o se había resignado. El mundo era una mancha borrosa en su horizonte dónde se desenvolvían las historias. Y por eso sus ojos son nuestros ojos, y nuestros susurros sus palabras. O tal vez menos.

Ser un Dios es duro. Una omnipotente incapacidad de actuar, una omnipresente nulidad de juicio. Una fría soledad que convertía el mundo en un recipiente de sus designios. Desde su total indiferencia divisaba el mundo de arriba abajo, pero no por un sentimiento de superioridad, sino porque nada era capaz de afectarle. Y desde su fría soledad el mundo pasaba en un tiempo atemporal. Hoy y mañana son lo mismo, igual que lo fueron ayer y siempre.

La radical libertad de sus criaturas le era negada para a él. Si saliese de su indiferencia actuaría en contra de la libertad humana, que había escrito en su memoria presente, pasado y futuro. No podía hacer más milagro que esperar pacientemente a que pasara lo que ya sabía que iba a pasar. Por fortuna la muerte de un niño no podía afectarle, ni la de un anciano. Desde el momento de la creación las normas de juego quedaron fijadas. Nada podría ser cambiado, y él no podía sentir nada que le impeliese a actuar. Desde su trono invisible, como una estatua impasible carente de forma ni materia, veía el devenir... y lo había visto.

Pero no temáis. No sufría en su soledad, no amaba en su perfecta indiferencia. Su omniperfección había erradicado cualquier vestigio de semejanza con su criatura. Amar era verse afectado por la persona, un debilidad que no tenía un dios. De hecho desde su perfección casi era un ciego, un sordo y un mudo. Con la creación había sido catapultado lejos de su criatura, asfixiado por las exigencias metafísicas de la realidad. O quizá de sus creyentes.

No sabemos si fue un tipo normal, un gran artista. Quizá tenía sentimientos, probablemente en ese caso se dejara llevar por la ira. Pero la escolástica le había convertido en invulnerable e infalible ser esférico, perfecto. Su voluntad había quedado convertida en una facultad que actuaba por necesidad, ya que no podía dejarse llevar por el deseo. La libertad era la condición primordial. Aunque posiblemente jamás hubiese tenido algo llamado voluntad, a su criatura le otorgó una y luego se la manipuló. Dios no podía sonreír, porque era en todo mejor que su criatura. Perfecto, único, indivisible, omniperfecto...

Acaso fue por esto que el trono quedó vació, tan vacío como antes. Dios ya había sido dios siempre, pero ya a nadie importaba. Igual que alguien se desprende de un original cuando tiene una copia mejor, la criatura hizo desaparecer a dios. Pero nada cambió, porque para él hoy es siempre. La tragedia es la muerte indiferente, tal vez haber estado muerto siempre. Dios se desvaneció entre suaves susurros, y el hombre no perdió a dios. Y nada cambió.

Nietzsche dijo más o menos que el hombre había sido cruel con dios, porque le había condenado a no poder pecar. También dijo que dios había muerto. Y quizá en el fondo, no dijo nada.

Año nuevo

Miró pensativo el fondo del horizonte. Hacía frío. Hacía mucho frío. El murmullo de la ciudad quedaba tan lejos que, cuando cerró los ojos, pareció que desaparecía. Sonrió a la nada y ladeó ligeramente la cabeza. Pasó su pierna derecha por encima de la barandilla, todavía con los ojos cerrados, y luego pasó la otra. La suave brisa gélida se arremolinó en su pelo desordenado y cesó. Enseñó los dientes al futuro en una sonrisa cansada y soltó las manos.

Durante un segundo el mundo se dio la vuelta y el estómago chocó violentamente contra su diafragma. La sonrisa desapareció y tomó aire. El comienzo del siguiente segundo empezó a flotar mientras la gravedad comenzaba a realizar su trabajo. "Hoy es año nuevo, un año más... un año menos" dijo una voz en su cabeza, lejos, muy lejos.

Una mano morena, de dedos largos y delgados, agarró su viejo abrigo. La realidad se volvió estruendosa en su cabeza. En su corazón. Abrió los ojos, y mientras intentaba mantener el equilibrio, se giró para ver al propietario de aquellos dedos. Una chica morena, de grandes ojos marrones, le miraba con preocupación. Auténtica preocupación.

-¿Estás bien? ¡Estás loco!
-No eres de por aquí...
-¿Qué es esto? ¿Acaso es algo normal aquí? Tirarse por los sitios y todo...- le miraba alucinada. Una mano, también de dedos largos y delgados, se posaba levemente sobre el pecho. Lo estaba pasando mal.
-No, verás, es que...
-¿Pero de qué vas? ¡Te ibas a matar! ¡No me lo puedo creer!- Parecía a punto de llorar.
-No habría muerto...- dijo él mirando al suelo.
-Aaah... ¿Qué eres? ¿Un ángel? ¿Un pájaro?- olisqueó el aire helado -Lo que está claro es que vas como un avión- dijo con auténtica cara de asco.
-Es año nuevo, yo...- intentó disculparse en vano. Ella parecía ir pasando del miedo al más grande de los cabreos.
-Mira, no te conozco ni nada, pero si no aprecias tu vida y has decidido acabar con ella, ten la decencia por favor de evitar el espectáculo a la gente inocente... a la gente normal, joder. Aunque... no sé, yo iría a dormirla y a reflexionar un poco estas gilipolleces.
-Lo siento, pero de verdad que no pretendía nada...
-Yo salto de puentes todos los días, no te jode... Mira, me voy. Si vas a saltar espera a que me haya ido.
-No hay altura.
-Sí claro... ¿qué dices?
-La barandilla del puente empieza ahí, pero no hay altura. Sólo quería hacer un ángel en la nieve.
-¿No hay altura?- lo dijo con el tono de las personas que no saben si morir o matar.
-No, la verdad es que no.
-Bueno, no sé, lo siento... pues podrías hacerlo en otro sitio, ¿no crees? No suelo pasar por aquí, no sé, no debería disculparme, joder...-hablaba con él y con todo el mundo en general.
-Tú también has bebido, ¿no?
-Un poco- Levantó la vista con expresión culpable hacia el chico -y soy mayor de edad.
-Ya, ya sé. No te preocupes- sonrió y le miró a los ojos -No se lo diré a nadie.
-Ja, ja, ja...-se le escapó a ella una carcajada -Bueno, feliz año y eso... me tengo que ir a casa. Y tú también deberías hacerlo.
-No, no... me quedaré aquí haciendo mi ángel. Gracias.
-Bueno, pues ten cuidado, ¿eh?- Ella le miró sonriente. Tenía unos dientes preciosos.
-Vale mamá. Adiós y feliz año- contestó él, con los ojos llenos de tristeza. La vio marcharse durante un rato largo, en el cual el murmullo de la ciudad volvió a apagarse. Después regresó a la barandilla y perdió de nuevo su mirada en el fondo del horizonte.

Ella siguió su camino pensando en el susto que se había dado. La verdad que el chico era resultón, aunque podía peinarse un poco. "Debería volver y preguntarle de dónde es, si quiere quedar..." No, estaba borracha, a saber que podía hacerle, podía ser perfectamente un violador. "No le conoces" se decía. Luego estuvo pensando en la fiesta, en sus amigas, en los amigos, en las copas, en el futuro, en el pasado. Llegó a su casa un rato después, tomó un vaso de leche caliente y se metió en la cama.

No fue hasta la mañana siguiente cuando, en medio de la resaca, se dio cuenta de que aquel invierno todavía no había nevado.

Relatos de Arkángel

No soportaba la idea de mirar atrás. Acababa de robar la comida a aquella familia sin ningún escrúpulo. Sus ojos no mostraban arrepentimiento, tan sólo un helado vacío. La sangre, cálida, envolvía su puño descarnado. Y una extraña sensación envolvía su corazón. No, no le daba pena aquella familia. Eran ellos o él. Y él estaba solo.

Se movía por la avenida Radezky con paso decidido. Miró su puño, manchado de sangre y pedazos de piel. Probablemente no fuese sangre inocente, no quedaba sangre inocente en la ciudad, no quedaba nada inocente. El recuerdo de los ojos del padre de familia, hinchados y grotescamente abiertos, le hizo apretar el puño. Probablemente estaba muerto. A aquel hombre no le quedaban ganas de ver como moría su familia de hambre. De ver como su mujer se prostituía por las calles de Arkángel. Posiblemente en el último instante de lucidez después de su brutal y repentino ataque, aquel hombre decidió dejarse morir para no ver a su familia cargar con él. Por no soportar la fiera mirada de su hijo, decepcionado y hambriento. No, aquel no había sido un buen día para el hombre bajito y feo. Ni para su familia. Ni para nadie, como llevaba siendo meses, quizás años, en Arkángel.

La nieve caía lentamente sobre sus anchos hombros. Su cabeza, cubierta parcialmente por un gorro raído, relucía blanca. El silencio amortiguaba cualquier rumor. Sus pisadas sonaban lejanas, y un par de veces se giró por si alguien le seguía. No por temor, él sabía perfectamente que nadie osaría a atacarle. Era un gigante. “Un gigante sin alma” como decía su madre. Un ogro como decían los niños de su calle antes de la guerra. Pensó que con un poco de suerte aquellos niños de pelo rubio y rizado, de bonitas coletas y sonrisas juguetonas, estarían en una fosa común, bajo la nieve. Lejos de las inmundas calles de Arkángel, lejos de tipos como él. Descansando con sus coletas y sus tiernos ojos bajo toneladas de nieve, que amortiguaría el dolor y los gritos de la vida que por fortuna, no les tocó vivir.

Olor a jabón

"Si después de follar una tía todo te huele a jabón, es que has tocado fondo". Esa fue la reflexión de las 19:34 de aquel aciago martes cualquiera. Corría entre los jardines de un barrio residencial perseguido por un jodido héroe, uno de esos tipos pestilentes cuyas vidas aburridas y anodinas se ven recompensadas con aventuras de este tipo. El pobre gilipollas no sabía que yo tenía una experiencia envidiable en huidas, fruto de un insuperable afán de supervivencia. Si yo no había acabado conmigo, nadie lo haría. 


Dos manzanas mas allá me permití bajar el ritmo. El papanatas se había cansado de su momento de heroicidad y ya habría vuelto a saquear los restos que mi delirio delictivo habían dejado. Sólo a mí me entra un pronto sexual a las siete de la tarde de una tarde gris de verano. Posiblemente debería haber ido a casa y haberme desahogado mirando porno en Internet. O haber pagado una puta, o yo qué sé. A lo mejor haberla invitado a tomar un café, como hace la gente normal. Los que no me conocen dicen que soy un tipo agradable. No podía costar tanto comportarse de una manera normal, joder. Pero la había vuelto a cagar.


No era mi primera agresión sexual. La más temeraria quizá, pero no la peor. Cuando vas puesto de todo y se te mete una idea entre ceja y ceja no hay forma de parar. Simplemente te sientes un paladín sobre el bien y el mal con derecho a todo. A TODO. Nadie me había denunciado nunca pese a todo, y habría atizado a cualquiera que me llamara violador. Podrían llamarme camello, ladrón o hijo de puta, pero violador no. Aun quedaba una pequeña luz en mi cabeza, algo como una conciencia, que me decía que eso estaba realmente mal.


Por otro lado también lo era vender droga en mal estado a adolescentes, robar a ancianitas o tener por hobby destrozar el mobiliario público. Las primeras veces había vomitado alterado y con ganas de llorar tras hacerlo. Después me di cuenta de que alguien tenía que hacerlo, que era fácil. Y si un médico se hace inmune con el tiempo a la muerte de los pacientes, me hice inmune a la humanidad. Y no me iba mal.


Encendí un cigarro arrugado e intenté relajarme. Me froté con humo la nariz, no soportaba ese olor a jabón. La chica estaba muy buena, pero empezaba a sospechar que era una monja. Esas sonrisas en el autobús, ese coqueteo. Típico de una perra de la Iglesia. Todas son iguales. Yo no tengo ningún problema con la Iglesia, es una fuente de ingresos como cualquier otra. Cuando estás en mi bando no puedes criticar mucho a nada. Pero eso sí, las monjas desde siempre me habían dado mal rollo. Y sí, si hubiese tenido que definir como sería el sexo con una monja, habría litros de jabón.


Tampoco tengo nada en contra de la higiene personal. Es una pérdida de tiempo en términos generales. El mundo es un sitio feo y hosco, lleno de inmundicia. Yo sé desde hace tiempo cual es mi lugar, y acicalarme sería un burdo intento de engañar a la sociedad. Yo no engaño, sólo participo de la verdad de una manera diferente.


Para la gente como yo la vida es una buffet libre en el que estamos de manera temporal, e intentamos meternos en el cuerpo lo máximo posible antes de que nos den boleto. Al menos mientras estás vivo. Así había vivido desde los 16 hasta esta gris tarde de verano, cuando decidí que la hija de un entrañable policía municipal era el pedazo de carne indicado para compartir unos momentos de sucio sexo de portal. En esencia, eso para mí era irrelevante. Lo único que me importaba mientras caminaba es que me había vuelto a salir con la mía, y sonreí a una anciana que me miró deslumbrada: ¿quién sería aquel joven encantador? 


Muchas veces caminando por la calle he pensado cuantas personas de las que vemos pasar a nuestro lado son psicópatas en potencia. Yo no había matado a nadie. Apenas había pisado una cárcel. Soy un hijo de papá, la peor ralea delictiva. Un estirón de orejas y otra vez a matar el tiempo jodiendo la marrana por ahí. Pero matar personas de manera psicopática... forzar a una estúpida para untar el churro es una cosa, pero acabar con su vida... Eso sí, miles de veces he visto miradas en los ojos de los transeúntes de acojonarse. Y según estadísticas, la mayoría podría matarme sin pestañear.


Pero lo que es la vida, muchos de ellos jamás descubrirán ese potencial asesino. Vivirán alienados como autómatas. Manchas borrosas en nuestras vidas, y posiblemente en las suyas. Algunos tendrán suerte, como esa hija puta que conducía un flamante C4 coupé hace un momento. Me pregunto si un estudio detenido de su cerebro habrá aclarado que era una psicópata. A lo mejor cuando mi cuerpo impactó contra su capó tuvo un micro orgasmo. O una erección pezonil aunque sea. O a lo mejor simplemente era una retrasada al volante. Como todas.


Es frustrante saber que has huido de tu propia ruindad, que la vida te ha sonreído cuando menos lo merecías... para acabar desparramado en el asfalto, rodeado de gente haciendo mucho ruido y poco caso a lo que ocurre. Me desangro por dentro y por fuera. Tampoco es algo muy espectacular si soy sincero, aunque mis piernas están como a 100 metros. En estos momentos me preocupa un poco que dirá la gente: me acabo de cagar encima. No puedo abrir los ojos y el dolor está más o menos por todas partes. Supongo que esto es la justicia universal, divina o vete tú a saber. A lo mejor existe un hueco legal. Igual todavía no me muero... 


Y sigue ese jodido olor a jabón...